La insistencia ibérica a esta hora es la misma y constante: España no es Grecia. Sí, puede ser que las condiciones sean, en el análisis sereno, muy diferentes. Pero a la luz de los implacables e insensibles mercados riesgo es riesgo.

Entonces, la actitud despiadada de los capitales resalta las similitudes que sin duda tienen Grecia, España, Portugal, Italia y con sus matices sajones, Irlanda.

Las calificadoras juegan el papel del malo de la película. Y lo son, sobre todo, cuando en crisis como la de Estados Unidos son verdaderamente parte del problema.

Pero ahora, los mensajeros como Standard & Poor’s no hacen sino encender la dinamita que rodea a esos países.

La solvencia griega quedó a nivel de chatarra. Se antojaba difícil que pudiera cumplir con un muy ambicioso programa de recorte presupuestal en tan poco tiempo y sobre todo con una creciente presión social interna que amenaza la estabilidad política interna.

Los griegos de entrada rompieron los platos de la ayuda internacional que recibieron. Confiaron en la solidaridad incondicional europea, por considerar que todos estaban en el mismo barco.

Pero no contaban con el enojo del ciudadano común alemán o francés que se cuestionaba por qué durante años le quitaron impuestos para hacer crecer a los países más pobres del sur y ahora les volvían a quitar para pagar los excesos de su fiesta de crecimiento artificial.

Así, cuando el Fondo Monetario Internacional les puso sobre la mesa las condiciones habituales de rescate, que pasan por los cinturones apretados al máximo, los griegos dijeron no gracias.

El agravamiento de la crisis, entendida desde la propia unidad monetaria, hizo recapacitar a todos y se diseñó el fondo común de rescate Unión Europea-FMI.

La insistencia griega era conseguir prestado. Mucho dinero a tasa atractiva para que, entonces, se tuvieran que tomar los menores sacrificios hacia dentro y se pudiera enfrentar el enorme boquete fiscal. Nadie sacó la cartera.

En la indefinición llegó el deterioro, con el deterioro el camino de no retorno de la desconfianza.

Hoy el Fondo Monetario Internacional calcula el costo del rescate griego hasta en 120,000 millones de euros.

Nada que ver con el paquete comprometido de 45,000 millones de euros logrado hasta este punto.

Lo malo es que en la cuesta abajo el deterioro es rápido y frenar la caída cuesta.

Hoy, los PIGS están atrapados por la incertidumbre y la desconfianza. La siguiente víctima tras Grecia fue Portugal, que ya enfrentó a la mitad de esta semana una importante degradación crediticia, con la amenaza de mantener a la baja sus notas.

De inmediato, el gobierno portugués prometió aumentar su austeridad y hacer cuanto esté a su alcance para evitar la debacle helénica. Se vieron en el espejo griego y reaccionaron.

Y entraron en escena los españoles. Con la soberbia de que España no es Grecia, transitaban por un más discreto plan de austeridad y reducción de sus deudas, cuando en realidad debieron ser mucho más agresivos con sus medidas correctivas.

Así, en unas cuantas horas, esas economías europeas pasaron de los más altos grados de inversión a las posibilidades del default. Eso es demasiado para los intereses alemanes.

El fantasma de Lehman Brothers rondaba Europa y la lección que dejó Estados Unidos con su pasividad parecía repetirse, pero ahora en un continente y en lugar de un grupo financiero, todo un país.

Alemanes y franceses hoy tienen claro que no se trata de la suerte de los griegos. Que la tragedia helénica amenaza a toda la región. Así que hoy Grecia y sus secuelas son la máxima prioridad. ¡Ahora sí!