Gruñe, saliva, aprieta los labios, cierra los puños, grita, gesticula, enseña los dientes, se le erizan los pelos, le sube la presión arterial, aumenta la frecuencia cardíaca, suda y finalmente explota o se paraliza o, lo mejor, se controla. Estamos viendo de cerquita que pasa cuanto la ira se experimenta y se está a merced esa pavorosa emoción.

¿Se sintió identificado con la descripción anterior? ¿Esta descripción es leve ante las violentas respuestas que presenta al enojarse o perder los estribos?...

Curiosamente las conductas antes enumeradas son muy parecidas a las que tiene un gato al que se le ha inducido lo que se conoce en psicofisiólogia como una “reacción de furia” y a lo mejor usted sin saberlo esta igual de agresivo que el felino, eso es lamentable. Deplorable en una situación de emergencia como la que estamos viviendo y cuando nuestros espacios se han visto reducidos y tenemos que convivir con otros más que nunca.

La psicología fisiológica se ha interesado desde hace muchos años en el comportamiento emocional y en saber porque somos capaces de generar una fuerte reacción emocional en minutos. ¿Sabe cuáles son las estructuras cerebrales que actúan directamente para producir esta emoción?...

Me complace presentarles al responsable de todas sus angustias y todos sus quebrantos, a su majestad: el hipotálamo, y a su corte de honor: el sistema límbico. Los núcleos hipotalámicos hacen sus berrinches desde la base del cerebro anterior, digamos, atrasito de sus ojos y nariz en la planta baja del cerebro y actuan como centros de control de los que depende nuestro estado emocional. La reacción de furia que descubrimos antes en el gato o en nosotros mismos se genera por la estimulación de ciertas porciones del hipotálamo y de otra zona cerebral, la amigdala y estas respuestas pueden incluir el ataque directo hacia el presunto enemigo más próximo.

La corte de honor, o sea  el sistema límbico, está constituido por un grupo de estructuras y regiones también del cerebro anterior que están interconectadas con el hipotálamo. Son distintos nucleos cerebrales que producen respuestas bioquímicas ante estímulos emocionales. La residencia de nuestras emociones esta relacionada con la memoria, la atención, los instintos sexuales, y la percepción de nuestro entorno. Muchas de estas desagradables respuestas son una respuesta a estímulos ambientales o internos que desencadenan cambios instantáneos en la personalidad y la conducta. El sistema límbico interacciona rápidamente con el sistema endócrino y con el sistema nervioso autónomo y por eso se producen al mismo tiempo tantos cambios en nuestro organismo cuando nos enojamos o somos muy felices (cosa extraña en estos tiempos).

En esta pequeña zona de usted mismo se libran todas las batallas y ahí se decide si usted se decanta por romperle la cara al otro (u otra, desgraciadamente) o si definitivamente la corteza cerebral toma el control y usted se limita y calma.

El hipotálamo, personaje central de este texto, es en nuestro cerebro el que regula funciones vegetativas como la sed y el hambre y el que sobretodo modula los estados de excitabilidad, ira o depresión y sus efectos colaterales como las palpitaciones, las lagrimas, la salivación, incluso el vómito o el rubor. Lo más asombroso: esta estructura tan poderosa y que determina en buena medida como nos sentimos pesa solo ¡4 gramos!

Recordemos que gracias a la madre evolución—supuestamente—los humanos somos mucho más que un hipotálamo enardecido y disponemos de una corteza cerebral capaz de controlar e inhibir nuestras descompensaciones emocionales, por lo que se espera que seamos capaces de reprimirnos, desviar nuestras pulsiones agresivas y vivir en sociedad.

Todos hemos “padecido” los sentimientos que nublan la razón: cuando estamos “ciegos de ira”, “locos de contento” o “perdidamente enamorados”. El propio lenguaje indica que la cordura y la mesura, en tales momentos, no tienen la más mínima oportunidad de éxito. Pero la manera como manejamos estas reacciones innatas está en nuestras manos: tenemos la libertad de escoger entre diferentes maneras de actuar y la capacidad de decidir de acuerdo a nuestros propios motivos y formas de pensar.

El control emocional radica en inhibir, regular y hasta modificar algunos estados de ánimo o sentimientos en ocasiones peligrosos para nuestra supervivencia. Entre más conductas inhibitorias somos capaces de exhibir mejor adaptados estamos a nuestro entorno. En fin, el manejo apropiado del afecto nos permite convivir y no matarnos unos a otros.

Eso si, no podemos determinar o seleccionar nuestras emociones. La máquina mata sentimientos, que imaginé desde muy niña, desafortunadamente aún no se ha inventado. En un país tan violento como el nuestro sería de gran utilidad. Pero…lo que si podemos hacer es modular nuestras reacciones y sustituir deseos primarios por otros más elaborados. No vamos por el mundo haciendo el amor con cuanta persona se nos antoja o peleándonos con el primero que se nos pone enfrente. Para eso existen el coqueteo, el debate, la discusión o la ironía y finalmente la política. Reconozcamos que dentro de nosotros existe ese arcaico hipotálamo (mejorado en millones de años) que pretende actuar como un tirano despiadado y que lucha por continuar rigiendo nuestras vidas. El asesino, el violador y el delincuente que todos llevamos dentro, esta ahí, desde el mesozoico, desde que éramos rastreros reptiles, esperando un momento de debilidad cortical para atacar de nuevo.

Aristóteles definió al hombre como un animal racional, hagamos honor al filósofo griego y en medio del caos en que nos tocó vivir, no deje que su razón sea esclava de sus bajas e hipotalámicas pasiones. Gracias a su corteza, le garantizo que esto, es posible. No a la violencia gritan con fuerza todas nuestras neuronas, hipotalámicas o no.

Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.