Todos sabemos la problemática personalidad de Donald Trump, tantas veces contradictoria, que se ha visto también reflejada en la renegociación del TLCAN, que ha sido un verdadero dolor de cabeza para los negociadores mexicanos y canadienses, entre tantas señales contradictorias, aceleraciones, detenciones, impasses y todo lo que ha pasado en la renegociación. Creo que, en general, el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, ha sido un hábil negociador con las herramientas que tiene a la mano.

Porque para empezar, más que una renegociación, la negociación es un dictado de Estados Unidos a México. Guajardo ha hecho toda serie de malabares para ofrecer propuestas sustitutas menos dañinas para México, pero se ha encontrado con la obcecación estadounidense: cancelar el TLCAN cada cinco años, que Estados Unidos pueda decidir cuándo se pueden importar productos agrícolas, que los empresarios puedan elegir los mecanismos de resolución de disputas en materia antidumping, al igual que el capítulo XI de controversias particulares-Estado, que al que más suele beneficiar es al propios EU; subir la regla de origen en materia automotriz a 85% y, por último, que ciertas piezas automotrices sólo se puedan producir en el país de las barras y las estrellas, lo que contradice la filosofía propia del tratado, que es de libre comercio, que implica que cada inversionista pueda elegir el sitio de producción y manufactura de sus productos en función de sus conveniencias.

El hecho es que por las razones que sean —parece ser que electorales— Trump de repente ha dicho que quiere una renegociación rápida, que más bien, como comentamos, es un dictado rápido. Ahí es donde nos hacemos la pregunta: ¿TLCAN a cualquier costo? Yo soy el primero que deseo que se aumenten los salarios mínimos, pero exigir que ciertas piezas automotrices se produzcan en un Estado con salarios de al menos 16 dólares creo que es innegociable, ya que desmantelaría buena parte de la cadena del valor automotriz, que es la joya de la corona de la industria mexicana, responsable de 30% aproximadamente del PIB manufacturero. Por eso repetimos la pregunta: ¿TLCAN a cualquier precio? ¿Es una negociación o una esclavitud? ¿Qué pasaría si México no acepta las imposiciones estadounidenses? Según algunas calificadoras, México perdería 1.2% del PIB, ya que el TLCAN representa 47% del PIB mexicano. ¿Podría haber fugas de capitales? Quizá. ¿Habría recesión? No estamos seguros. La no firma del TLCAN 2.0 supone particularmente un golpe psicológico muy fuerte para los inversionistas y corredurías de inversión.

Más bien yo voltearía la pregunta: ¿qué pasa si se firma el tratado con todas las poison pills que quiere Trump? Por lo pronto, aumentar nuestra dependencia de Estados Unidos e ir en contra del modelo keynesiano de desarrollo del mercado interno que está proponiendo López Obrador. Las empresas mexicanas sin TLCAN tendrían que pagar aranceles cercanos a 3%, pero creo que son cantidades que la economía mexicana puede aguantar. Además, con la lucha comercial frente a China, Trump va a tener que girar hacia México necesariamente, con un incremento de nuestras exportaciones hacia ese país.

A juicio de un servidor, México debe dirigir la mirada hacia otros mercados. Sé que es muy fácil decirlo y muy difícil hacerlo. Por la sola disminución de aranceles, las empresas mexicanas van a estar en condiciones de exportar a otras economías hasta más competitivas que la estadounidense. Y apostar por el mercado interno, llave que tiene López Obrador y ojalá sea la ventaja competitiva de su mandato.

*Máster y doctor en Derecho de la competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del área de competencia, protección de datos y consumidores del despacho Jalife& Caballero.