Hoy Brasil no dormirá. Y no se trata de la victoria de la canarinha en la final del Mundial; es Lula quien se juega su futuro. No sólo Lula, es el futuro de Brasil.

Tras la sentencia fulminante que impuso el juez Sérgio Moro al expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, 12 años y un mes de prisión, por actos de corrupción pasiva y lavado de dinero, el tótem de la izquierda brasileña ha polarizado a la sociedad brasileña en su intento de normalizar su vida política deseando participar en las elecciones presidenciales a celebrarse el próximo octubre.

Hoy, el Supremo Tribunal Federal tendría que negarle a Lula el hábeas corpus que su representante legal solicitó, e ingresar a la cárcel de manera inmediata. Si se lo concede, Lula aspiraría a regresar a la Presidencia vestido de héroe.

El juez Moro determinó que Lula tuvo “un papel relevante en la trama criminal” conocida como Lava Jato, la red de corrupción por la que grandes empresas de Brasil se coludieron con Petrobras en el reparto de multimillonarios contratos a través de sobornos.

Moro se encargó de despiezar la compleja estructura criminal hasta llegar al mecanismo vinculante a Lula; en dinero, 1.1 millones de dólares en soborno equivalente a un departamento de tres pisos en la costa Guarujá, en el estado de São Paulo. Es obvio que Lula niega la acusación. Bajo la ya clásica retórica chavista, la decisión del juez forma parte de un complot entre los poderes que no lo quieren ver en la boleta presidencial.

Ayer, Gilmar Mendes, ministro del Tribunal Supremo Federal, desde Lisboa, comentó al periódico Valor Económico que la imagen de Brasil se ha deteriorado por el caso de Lula; sin embargo, “fortalecerá al modelo institucional del país”. Es cierto.

Lo de hoy es el examen con el que Brasil se podría graduar. Lula, al encarar el problema en el que se ha metido, ha recurrido a viejas recetas del populismo: dividir al país para beneficio personal.

Por ejemplo, el miércoles pasado amenazó a Netflix con levantarle una demanda por la exhibición de la serie El Mecanismo. A través de ocho capítulos, el director José Padilha, narra la trama Lava Jato. Para Lula, la serie de ficción daña su imagen: “Es una mentira más”, comentó. Al inicio de cada capítulo se advierte que la historia es recreada, en sus matices no se encuentran los nombres originales que conforman la red de corrupción. Y, sin embargo, Lula carga contra Padilha en su intento por “comprobar” que existe una colusión en contra de su persona.

Los autócratas populistas se mimetizan. Recordemos que la serie colombiana El Comandante, una libre interpretación sobre la vida de Hugo Chávez (por cierto, muy mala), fue prohibida por Nicolás Maduro. Tampoco podemos olvidar el reclamo de la ministra de Exteriores de Colombia, María Ángela Holguín, a la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmona. El motivo: la exhibición en un espectacular en la Puerta del Sol sobre la serie Narcos. “Oh, blanca Navidad”, la frase elegida con doble sentido. Vincular a Colombia con la cocaína, a través de la ficción publicitaria, no le gustó al presidente Santos.

Hoy es el día de Lula. Brasil se someterá a un duro examen en donde lo difícil no será interpretar la sentencia de Moro. Lo difícil se verá en las protestas callejeras.

FaustoPretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.