La democracia más citada del mundo está en entredicho, pero no por el conflicto postelectoral, ni siquiera por la patanería de Donald Trump, sino porque desde hace rato está herida. Con el desenlace de la elección presidencial de este año se verá si también la columna electoral se rompió y las elecciones no sirven ya para dirimir pacíficamente las diferencias en una sociedad. Las profundas diferencias. Las diferencias tóxicas. Las diferencias diferencias. Esas que ya dañaron la columna vertebral de la democracia norteamericana, colocándola en el número 36 en el ranking mundial (V-Dem Institute) y en descenso.

Esas diferencias tóxicas son el cáncer del sistema democrático norteamericano; un cáncer que ya no es contenido por los partidos políticos como espacios acotados para dirimirlas sin que la sociedad se rompa. Hay que decirlo: no tuvo la culpa Donald Trump pero fue él quien hizo leña con el árbol caído que se encontró.

¿En qué consisten estas diferencias tóxicas? No diré lo obvio: grupos raciales enfrentados, sectores urbanos contra rurales, grupos generacionales que no se entienden. Eso es casi normal. Pero lo que vuelve tóxicas las diferencias es la imposibilidad de reconocer legitimidad en el otro. El adversario deja de ser un grupo con un camino diferente (o incluso, un camino equivocado) para la prosperidad y se convierte en un grupo con un camino a la destrucción. El adversario es ahora un otro que quiere destruir la vida y la nación, así que antes de que lo haga, hay que destruirlo a él.

Lejos quedó la idea de que Estados Unidos se rotaba entre dos partidos no tan diferentes que reconocían, desde el poder y desde la oposición, la posibilidad de la rotación. Pero lejos quedó también la idea de los partidos políticos norteamericanos como grandes intérpretes de la vida norteamericana. Ahora lo es un personaje, si y sólo si encarna los rencores de quienes comulgan con la idea del adversario destructor.

Trump encarnó esos rencores, nos parece evidente, pero también lo hizo Barack Obama y, por favor, también lo hace Joe Biden. Es verdad que hay discursos explícitos que alebrestan el odio, pero no es menor el papel que juegan los planteamientos implícitos.

La democracia norteamericana tiene ya años erosionándose porque el costo percibido de perder es exageradamente elevado (la destrucción, el abismo) y por lo tanto, los políticos se ven tentados a abandonar la contención, la tolerancia y comienza lo que algunos autores llaman el “ciclo de extremismo constitucional creciente”.

Las ganas de blindarlo todo. Las ganas de transformarlo todo. Las ganas de regresar a la grandeza o a la verdadera idea de nación o a la verdad original. Esto enarbola Trump, y la verdad es que esto enarbola también Biden. Eso no es una buena noticia para la democracia más citada del mundo.

 

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.