La fortuna, la suerte, palanca de la política .

Chou Lao

El debate de Guadalajara, segundo entre candidatos a la Presidencia este domingo 10 de junio, será como una pelea de box por el campeonato mundial de los pesados. Estarán a prueba resistencia, astucia para dar golpes bajos que no se vean y, quizá, virtuosismo de piernas del puntero, capacidad de finta y estrategia mental. Los retadores van por el nocaut. Nada de qué asombrarse. Así va la democracia. Tampoco se admiten quejumbre o llamados piadosos. La democracia es una competencia.

Si alcanza el máximo de estrés no hay nada que hacer, sólo esperar que, sin grandes daños, la contienda pase a la etapa de gobierno. En eso se está por diversas razones.

Primero. Los contendientes ocupan el centro sin centro de la democracia del espectáculo. Gozan con ello, se les ve en la cara, pero ponen en duda los resultados de las apuestas, salvo si les favorecen. Ni los apostadores globales se salvan de la descalificación. Si hay un puntero dicen que trampea, que la medición es fraudulenta y que no vale nada. Lo demostrarán en el debate, con cartoncitos y vociferantes.

Segundo. Si la competencia democrática se vuelve lucha a muerte -así se le invoca en algunos carteles de odio y de una moralidad vacía-, se debe a un efecto sistémico. Frente a violencia, inseguridad y desigualdad, se piensa que la democracia salva si entroniza en el poder al salvador. Claro, los otros contendientes, por lo que sea, son un peligro, un riesgo, enemigos. Mientras más crezca el resentimiento en el vivir-juntos, más se cargarán los tonos de la enemistad.

Tercero. El deslizamiento en este tobogán puede llegar a un punto límite. Claro que en el vivir-juntos merodea siempre el vivir-dispersos, pero la violencia es la violencia. Cuando entre el público un hombre de sentido común grita, ¡basta, hay un puntero , los retadores y sus seguidores lo cargan de adjetivos, casi lo linchan, mientras los sabios lo descalifican.

La democracia no salva. Va amenazada por la violencia que la rodea por todas partes. En nombre de la democracia se puede caer en las peores aberraciones. Y llegar a un punto límite. Ésa es la advertencia. El hombre del sentido común dice lo que dice la gente común. Y si bien unos cuantos se autoproclaman pensantes, existe un axioma político incuestionable: la gente piensa.