Hace poco tiempo, en un lugar muy muy cercano, vivía un hombre que reinaba sobre las piedras y el petróleo, sobre el gas y el combustóleo, sobre las hidroeléctricas y las pistas aéreas, sobre las becas y las pensiones, sobre su grupo cercano y sobre los aspirantes a serlo.

El hombre vivía en un palacio y se levantaba todos los días muy temprano para recibir el sol pero sobre todo, para cumplir con su tarea más importante del día: decir las palabras mágicas en el poderoso salón que multiplicaba su rostro y su voz en todos los rincones que gobernaba.

Su reino dependía de ese momento, el momento en el que su voz aclaraba la vida y dibujaba la realidad de las próximas 24 horas. Él determinaba ahí que las mujeres fueran abnegadas, que los enfermos se levantaran, que las malos fueran obedientes y que los perversos fueran cubiertos con el halo de la respetabilidad. Cada día, un equipo diferente se acercaba a ayudarle en la tarea. A veces había peones sobre los que ponía la rodilla y en otras ocasiones un mago le ayudaba a generar en un espejo las imágenes de la realidad que valdría para su reino durante esa mañana, esa tarde, esa noche y quién sabe, si al día siguiente estaba del mismo humor, quizá la realidad se extendiera. Si no, pues cambiaba.

Así cada día. Ese hombre se tomaba muy en serio su responsabilidad y era casi feliz. Moldeaba la vida de las piedras, del petróleo, del gas y el combustóleo, las hidroeléctricas y las pistas aéreas, las becas y las pensiones, las muecas y las genuflexiones de toda la gente que lo quería, que era mucha.

Sin embargo, su dicha estaba empañada por cuatro razones. Primero: le daba miedo, muchísimo miedo, que esos a quienes había ganado el reino en buena lid, regresaran a la mala. No se los imaginaba regresando a la buena, convenciendo a la gente, sino conspirando en oscuros pasillos con perversos gigantes, de esos que lo ven y lo pueden todo.

Segundo: le molestaba que hubiera vasallos con altavoces que no hicieran gestos y genuflexiones de su agrado. No los veía mucho, porque no los dejaba pasar a sus aposentos, pero con los altavoces esos ingratos a veces lograban que los escuchara. No entendía por qué las palabras mágicas de sus mañanas no los cubrían con el manto de la hermosa realidad creada por él. Lo único que se le ocurría para explicárselo es que los pobres vasallos eran víctimas de un hechizo. Sí, un hechizo de gigantes perversos, nacidos en este y otros reinos.

En tercer lugar, lo contrariaba que el reino que había ganado a votazos no fuera suyo para toda la eternidad ni suyo en todos los rincones. Los encargados de renovar la corona cada seis años se lo recordaban insolentemente y él no entendía por qué, si hasta las piedras cambiaban de opinión a su paso y los aeropuertos se movían de sede, esos encargados seguían moviendo piezas para la renovación y además, ¡qué necios! ¿Por qué insistían en usar el tablero del pasado? El usó ese tablero, en el que perdió y ganó, pero ya no tenía ningún objeto mantenerlo. Ya había ganado, ya. ¿Qué parte no entendían esos árbitros? ¿Estaban hechizados también?

Había un cuarto elemento que lo incomodaba, pero no tanto. Era más como un moscardón necio que se le acercaba de vez en cuando, pero bastaba dar un manotazo al aire para que se alejara otra vez. Era un moscardón que traía ruidos como de muertes en algún lugar, como de mujeres violentadas, como de personas sin empleo, como de empresarios atorados, como de académicos obstaculizados, como de niños atormentados. Sí, era un ruido molesto, pero no lo contrariaba tanto como los gigantes perversos, los árbitros del tablero viejo y los vasallos con altavoces y sin genuflexiones.

Pero el hombre del que hablamos no era de los que se dan por vencidos fácilmente. Para defenderse de los enemigos ayudados por gigantes, tenía que fortalecer la magia de sus palabras. Que cada mañana fuera más fuerte su poder de creación y más hermosa la realidad creada. Con eso y el amor de los suyos, entrenados para cobijarlo, podría resistir hasta que las estrellas se apagaran,

Para acabar con los vasallos de altavoces creó un equipo de propaganda y disuasión, más uno de contraespionaje y contracampañas. Poco le durarían esos altavoces de juguete y si desde algún reino lejano, a donde no llegara su propaganda, traían otros altavoces, bastaba con construir muros e impedirles el paso. No tenían por qué meterse en sus asuntos.

Quedaban los árbitros. Eran sumamente incómodos y tenían un ego incompatible con el suyo. Pero se le ocurrió una idea: él no haría nada. Él hablaría de libertad, pero su ejército de voces libraría una batalla sin cuartel, aunque a algunos les costara el cargo y para otros implicara prisión. El vería a los mártires con lástima y usaría sus palabras mágicas para acabar con esos inquisidores.

¿El ruido? ¿Cuál ruido? ¡Ah el del moscardón! El de las muertes, las mujeres, la pobreza… ¿ese dicen? No, para ese no tenía plan. Ese no lo molestaba tanto.

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.

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