Las potencias globales y regionales promueven sus intereses económicos y políticos sobre otras naciones. Ésta es la naturaleza del poder mundial en que México está inmerso, por más que se presuma una política exterior falaz de no intervención con la que no podríamos ir al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

En la lucha global actual, el campeón defensor es el capitalismo globalizador democrático occidental de Estados Unidos y Europa (a pesar del hostigamiento de Trump a esta última) y el retador es China (seguida de Rusia), con un capitalismo globalizador estatizante y autoritario, que busca aprovechar la coyuntura para derrocar al orden prevaleciente. El capitalismo occidental pasa por una crisis de credibilidad por sus promesas incumplidas, debilitando la democracia y dando lugar a gobiernos populistas redentores de derecha e izquierda.

La 4T resultó electa en México en esta coyuntura con el desgaste de gobiernos anteriores, donde la fuerza de gravedad de Estados Unidos sigue siendo apabullante, lo que se demuestra con las concesiones hechas por los errores cometidos en migración y seguridad, lo que llevó a ceder en lo comercial.

El instinto es equilibrar la relación acercándose a China y Rusia, siendo inviable un tratado comercial con el primero, no por la oposición de la industria mexicana sino por la negativa de EU en medio de una guerra económica y política con China sin desenlace aún.

El gobierno actual se define como una transformación cuyo destino ignoramos, lo que retrae la inversión y el PIB. En su seno existen fuerzas contradictorias. Por un lado, una izquierda bolivariana con instinto dictatorial, retrógrada y demoledora de instituciones, que defiende a Venezuela y Cuba, que son apoyadas por China y Rusia sin importar el costo humano. Por el otro están los defensores del libre mercado y la democracia, más alineados con valores occidentales. Ambos extremos chocan en la cabeza y actuar de la 4T, que se ha inclinado por atender los intereses de la Casa Blanca y apoyar a gobiernos que le son contrarios, buscando estatizar la industria energética, frenando así la inversión y el crecimiento, apostando por costosas obras faraónicas que pagamos todos. Urge una definición de la 4T para retomar la inversión y el crecimiento, evitando que nos convirtamos paso a paso en Venezuela o Cuba, con un gran éxodo de población y una caída dramática del PIB.