En la propuesta del Paquete Económico, el gobierno plantea nuevos mecanismos para recaudar mejor los impuestos que ya se deben pagar por los servicios que ofrecen las plataformas digitales. Debido al crecimiento de éstos, a los rápidos cambios tecnológicos y a que muchos de ellos se ofrecen desde el extranjero, es sumamente complicado que se colecten los tributos que dichas transacciones generan. La medida va en el sentido correcto; no se aumentaron, ni crearon, nuevos impuestos, solamente se establecieron mecanismos de retención para asegurar su pago. Esto permitirá ganar eficiencia recaudatoria para el siguiente año, pero mucha más hacia el futuro, en la medida en que más servicios se ofrezcan por la vía digital.

Ahora, éste, el de la elusión, es sólo uno de los aspectos que los gobiernos han señalado como retos de la economía digital en materia impositiva. Promotores de la mejor distribución del ingreso, como José Antonio Ocampo, Piketty, Stiglitz o Zucman, también señalan que, independientemente de los mecanismos de retención, empresas como Google, Facebook o Netflix son capaces de escoger los países con menores tasas de tributación para pagar por las ganancias que fueron registradas en distintas naciones. En un artículo anterior señalábamos cómo Ocampo muestra que Google fue capaz de mover 22.7 millones de dólares a Bermudas, y que Facebook, que generó 1.3 billones de libras en Reino Unido en el 2017, y pagó solamente 7.4 millones, gracias también a los paraísos fiscales, o que Vodafone pudo trasladar 40% de sus ganancias en Europa a Luxemburgo para reducir pagos fiscales. Es decir, por medio de la manipulación de los precios de transferencias, ha sido posible mover las ganancias a refugios fiscales.

Es por eso que se han presentado, especialmente en Europa, propuestas para establecer impuestos especiales a las operaciones digitales. Estos impuestos permitirían compensar la transferencia de ganancias de un país a otro —que se pueden controlar, pero difícilmente eliminar— y gravar el enorme incremento en valor que se está generando en esa área, en detrimento de las industrias tradicionales. Es decir, si no gravamos mejor la economía digital, la que más crece, y que genera valor por conceptos que no siempre tasan los impuestos tradicionales, entonces, necesariamente los ingresos fiscales se van a deteriorar. Por ejemplo Gillian Tans, de Booking.com, sostiene que las firmas digitales no son muy distintas que las demás, por lo que basta con medidas como asegurar el registro de los pagos, como lo propone el gobierno de México en su paquete, pero no impuestos especiales. Se argumenta que un impuesto especial podría inhibir el desarrollo de nuevas soluciones. Puede ser. Por eso un impuesto especial tendría que imponerse sobre servicios ya maduros, en los cuales las mejoras son incrementales. Lo que debe discutirse hacia el futuro es cómo gravar un economía cada vez más digital y, por tanto, que abre más posibilidades a la elusión. Un impuesto especial no es una mala idea para los próximos años.

Vidal Llerenas Morales

Político

Columna invitada

Licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), cuenta con una Maestría en Política y Gestión Pública por la Universidad de Essex, Reino Unido y un Doctorado en Administración y Gerencia Pública por la Universidad de York.