El 5 de junio de 1799, a bordo de la corbeta Pizarro y desde el puerto español de La Coruña, Alejandro de Humboldt zarpó para “hacer la América” (...) Desembarcó en el puerto de Acapulco el 22 de marzo de 1803. “Nadie se pasea bajo las palmeras impunemente”, escribió feliz, a su llegada. Algunos años después, afirmaría: “el mundo tropical es mi elemento”.

Hace muchos años, desde el otro lado del mundo, en una muy lejana primera semana de junio, el joven Alejandro de Humboldt embarcó y se hizo a la mar. Con la ilusión de encontrar algo nuevo, la esperanza de descubrir lo nunca imaginado y la audacia del viajero que se va porque no puede quedarse, lo dejó todo. Consigo sólo llevaba lo necesario: algunos pertrechos y mucha determinación.

Nacido en Alemania en 1769, en el seno de una familia acomodada, durante la adolescencia quiso llevar una carrera militar. Su padre lo alejó de tan temeraria inclinación, lo puso  a estudiar en la muy afamada escuela del castillo de Tintagel, le compró libros, álbumes y mapas para apoyar su extrema curiosidad y pensó que así atemperaría sus necias ganas de irse. Su madre, más lista, lo alentó a recorrer territorios conocidos, siempre con la condición de tener fecha de regreso. Su primer viaje lo llevó a lo largo del río Rin hasta Holanda y de allí hasta  Inglaterra.  Sin embargo, todas aquellas jornadas lejos de casa no apagaron su ansia de viajero.  Aumentaron, además, su hambre de conocimiento.

Humboldt –porque los viajes ilustran y deslumbran–  estuvo de acuerdo con los preceptos liberales de la Revolución Francesa, oyó de la existencia de nuevas y asombrosas tierras y empezó a soñar con navegar a otros continentes. Cuando regresó a su país se matriculó en la Escuela de Minas de Freiberg y trabajó en un departamento del gobierno. Pero sabía que aquel no era su lugar y que su vida estaba en otra parte. Así fue. En cuanto murió su madre renunció a su carrera de funcionario público y, más pronto que tarde, decidió cumplir su avidez por viajar. Pero serían “viajes científicos”. A tierras lejanas. A lugares con diferentes suelos, otros hombres y otros relojes. Y así lo hizo, prometiéndose tomar nota de todo, no dejar siquiera una gota de agua sin referencia. Tan perfectamente llevó la bitácora, lector querido, que es autor de dos de los libros más importantes que se hayan publicado sobre el llamado nuevo mundo: Relación histórica del viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente y del Ensayo político sobre la Nueva España, obra dedicada exclusivamente a México.

Fue así como el 5 de junio de 1799, a bordo de la corbeta Pizarro y desde el puerto español de La Coruña, Alejandro de Humboldt zarpó para “hacer la América”. Iba acompañado del naturalista Aimé Bonpland y llevaba en su equipaje varios lápices, aparatos y cuadernos. Dirigiéndose a La Habana, recorrieron miles de kilómetros, estuvieron en Venezuela, el reino de Cartagena y fueron midiendo, anotando y escribiéndolo todo. Procedente de Guayaquil, Humboldt  entró a  la Nueva España por el Pacífico y desembarcó en el puerto de Acapulco el 22 de marzo de 1803 (“Nadie se pasea bajo las palmeras impunemente”, escribió feliz, a su llegada).  Algunos años después, afirmaría: “el mundo tropical es mi elemento”.

El mismo día que se instaló en Acapulco, le escribió al virrey Iturrigaray para informarle que había llegado. Realizó mediciones en el puerto y cuatro días después emprendió la marcha hacia la capital del virreinato. Más de 20 mulas fueron necesarias para transportar los instrumentos científicos, y las colecciones botánicas, zoológicas y geológicas de una expedición que había durado ya cuatro años. Bien conocido y precedido de una buena fama de científico ilustre, al llegar a la capital de Nueva España fue alojado en una casona ubicada en el número 3 de la calle de San Agustín –hoy República de Uruguay– en pleno centro de nuestra ciudad, la que él mismo bautizó como “de los Palacios”

Admirado, como todos los visitantes que han contemplado por primera vez a la Ciudad de México, Humboldt escribió: “Ninguna ciudad del Nuevo Continente, sin exceptuar las de los Estados Unidos, presenta establecimientos científicos tan grandes y sólidos como la capital de México. Citaré sólo la Escuela de Minas, el Jardín Botánico y la Academia de pintura y escultura conocida con el nombre de Academia de las Nobles Artes. Son monumentos que a veces cuestan 300 mil pesos, y que podrían figurar muy bien en las mejores calles de París, Berlín y Petersburgo. Muchas veces se antojan verdaderos palacios admirables.”

También registró sus impresiones desde las alturas y fuera de la urbe  cuando anotó: “Ciertamente no puede darse espectáculo más rico y variado que el que presenta el valle, cuando en una hermosa mañana de verano, estando el cielo claro y con aquel azul turquí propio del aire seco y enrarecido de las altas montañas, se asoma uno por cualquiera de las torres de la catedral de México o por lo alto de la colina de Chapultepec”.

En el transcurso del año que pasó en México, Humboldt desplegó una intensa y rigurosa actividad. Sus impresiones y apuntes  todavía son hoy fuente fidedigna para saber cómo eran las colonias españolas  y cómo nuestra tierra hace 218 años. Tan admirable que el mismo Simón Bolívar afirmó: “Es el descubridor del Nuevo Mundo. Humboldt y Bonpland hicieron más por América que todos los conquistadores juntos”.