Hoy se conmemora un año más de la lucha de las mujeres por la igualdad en la ley y en la vida. Este día se instaló para recordarnos que aún vivimos en sociedades desiguales, que impiden que más de la mitad de la población viva con libertades y ejerciendo sus derechos. En nuestro país, como en la mayor parte del mundo, muchas cosas han sucedido en las últimas dos décadas en favor de los derechos humanos, las libertades democráticas y la igualdad de trato y oportunidades entre hombres y mujeres.

Cómo no recordar los trabajos preparatorios para la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer en Beijing, China, en 1995, que nos obligó a realizar un diagnóstico que daba cuenta de las enormes brechas de desigualdad entre hombres y mujeres en nuestro país, en la educación, la salud, el empleo, los derechos humanos y la participación política. La plataforma y el programa de acción aprobados en esa conferencia se convirtieron rápidamente en una guía para la construcción de acciones en favor de la igualdad sustantiva. Documentos que continúan vigentes y son fundamento de muchas de nuestras políticas públicas.

Pero el objetivo principal, después de esta conferencia, era lograr cambios en la legislación que permitieran construir un andamiaje legal por los derechos humanos y la igualdad; así se construyeron reformas penales, civiles y familiares que garantizan a las mujeres su derecho a no ser discriminadas ni ser objeto de violencia dentro y fuera del hogar, cabe decir que aún es un proceso inconcluso, obstaculizado por prejuicios culturales y religiosos en diversas regiones del país.

Un paso importante contra todas esas formas de discriminación y violencia fue la primera reforma constitucional, aprobada en el 2001, para garantizar el derecho de toda persona a no ser discriminada por su sexo, raza, origen étnico, idioma, religión o preferencia sexual; de manera similar, leyes como las promulgadas para prevenir la discriminación, la de igualdad y la ley de acceso a una vida libre de violencia no sólo favorecen a la minoría más mayoritaria del país, las mujeres (por la ausencia de poder político), sino que amplía la protección a millones de personas que viven en la exclusión social, económica y política en México.

Y hoy, después de muchos esfuerzos, sobre todo ciudadanos, está vigente la reforma constitucional en materia de derechos humanos, aprobada en el 2011, por la cual se garantiza a todas las personas que viven y transitan por nuestro territorio, los derechos y las libertades establecidos en tratados internacionales. ¡Vaya revolución jurídica! Por medio de esta reforma, el derecho puede y debe ser un instrumento que sirva para eliminar desigualdades y generar oportunidades para hombres y mujeres.

Estos cambios ya se empiezan a vivir. Las mujeres hoy conocemos de sentencias, resoluciones, pronunciamientos, decisiones políticas y reconocimiento de derechos que tienen como fundamento la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, conocida como CEDAW, y la Convención Interamericana para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, Belém do Pará.

Qué mejor aliado podemos tener las ciudadanas y los ciudadanos, que la ley; qué mejores principios podemos tener, que aquellos valores éticos que se construyeron para garantizar a toda persona el respeto a su dignidad y derechos. Y son estos valores los que tienen que normar la conducta de gobernados y gobernantes, los que tienen que orientar la política pública y, por qué no decirlo, los que le darán adjetivos a nuestra democracia.

Estoy convencida de que el camino para México con estas reformas es el de una democracia paritaria, que promueve un nuevo contrato social, un modelo de sociedad más justa, donde las responsabilidades, tanto profesionales como las familiares, estén repartidas entre hombres y mujeres, donde las personas tengamos el mismo valor y el mismo acceso a las oportunidades, independientemente de nuestro sexo, origen, cultura, orientación sexual o nivel económico.

Sé que podemos lograrlo, porque somos cada día más los que compartimos ese ideal democrático. También sé que aún falta mucho para lograr la igualdad real entre hombres y mujeres, pero hoy, ser mujer en México tiene otro significado, como diría Rosario Castellanos, más humano y libre.