“Las instituciones incluyentes se basan en una distribución plural del poder político, arropadas por el cumplimiento de la ley y las restricciones al ejercicio del poder”: Acemoglu y Robinson

En la primera parte de esta serie, comenté sobre las implicaciones económicas de no contar con instituciones independientes, haciendo mención al libro Por qué fracasan las naciones, de Daron Acemoglu y James Robinson. Describí la formación de tres imperios: España, Inglaterra y Holanda en los siglos XVI, XVII y XVIII, concluyendo que sus diferencias en el crecimiento económico se explican por la diferente calidad de sus instituciones y la presencia o ausencia de contrapesos.

En Europa Oriental se tiene otro ejemplo de crecimiento limitado por reglas autoritarias que impidieron la formación de instituciones que incentivaran la inversión y la innovación. Rusia es un claro ejemplo. Desde el reinado de Pedro el Grande, que gobernó de 1682 a 1728, existió un absolutismo férreo en donde los siervos, que representaban una gran parte de la población, no tenían ningún tipo de movilidad social. A mediados del siglo XIX, el zar Nicolás I prohibió la apertura de fábricas en la ciudad de Moscú, para evitar la concentración de trabajadores que pudieran levantarse en su contra. Fue hasta el reinado del zar Alejandro II cuando en 1861 se pretendió modernizar al país a través de una serie de reformas para dar impulso a la industrialización y modernizar el sistema judicial. Como parte de estas reformas, fueron liberados 22.5 millones de siervos (un año antes que la liberación de esclavos en Estados Unidos). El término Glasnost, o Apertura, utilizado 130 años después por Mijail Gorbachov, fue acuñado en ese periodo. Sin embargo, estas reformas no duraron mucho. Con el asesinato del zar en 1881, su hijo Alejandro III dio marcha atrás, creando un “Estado policial”. Con el cambio de régimen en 1917, los mecanismos de represión sólo cambiaron de nombre: la Okhrana, en tiempos de los zares, la Cheka durante el gobierno de Lenin, la OGPU y la NKVD en la época estalinista, y la KGB hasta el año 1991.

La Dictadura del Proletariado encabezada por Lenin hizo grandes cambios, pero no modificó el modelo autoritario de gobierno. Stalin, el zar rojo, fue aún más lejos en su proyecto de industrialización acelerada para convertir a la Unión Soviética en una potencia militar. El pueblo ruso sacrificó su nivel de consumo, lo que hizo necesario un nivel de represión aún mayor.

Aun cuando las cifras de crecimiento del PIB de Rusia durante el estalinismo parecen impresionantes, se dice que fueron manipuladas. Además, el incremento en el PIB estuvo sustentado en el trabajo forzado de millones de ciudadanos atrapados en campos de trabajo. La intervención del gobierno en la economía a través de una planificación sectorial resultó sumamente ineficiente. La falsa solidez de la economía soviética se hizo evidente con la caída de los precios del petróleo en la década de los 80, lo que provocó el derrumbe del régimen comunista.

El caso de Polonia es otro ejemplo de falta de instituciones incluyentes. Invadida por el imperio ruso de Catalina la Grande en 1771, quien consideraba peligrosas las ideas democráticas de algunos nobles polacos, Polonia fue dividida entre Rusia, Prusia y Austria. En 1815, después de las Guerras Napoleónicas, se instauró el Reino de Polonia en un intento de independencia que duró muy poco, ya que Polonia fue dividida de nuevo. Cabe aclarar qué en sus breves etapas como nación independiente las élites aristocráticas polacas dominaban la sociedad rural, mientras que los siervos no tenían libertad de movimiento, ni oportunidades económicas. Se decía en esa época que el día que los campesinos obtuvieran su propia tierra Polonia se derrumbaría.

Después de la Primera Guerra Mundial, Polonia resurgió como nación independiente, teniendo un régimen parlamentario a partir de 1922, pero la devaluación y la hiperinflación que sufrieron varios países europeos en esa época, así como la oposición a la reforma agraria por parte de los terratenientes, dieron pie a que el mariscal Pilsudski, héroe de la Batalla de Varsovia de 1920, convirtiera la República en una dictadura militar en 1926.

El caso de Hungría no es muy diferente. Dominada durante varios siglos por el Imperio Austríaco, que a finales del siglo XVIII controlaba los territorios de Hungría, Checoslovaquia, Croacia, Eslovenia, partes importantes de Polonia y de Rumania, enfrentaba grandes restricciones. Su economía se basaba en monopolios y asociaciones gremiales que permitían el libre acceso únicamente a ciertos participantes. Las barreras comerciales eran de tal magnitud que existían tarifas internas que limitaban el libre comercio dentro de su propio territorio. La dinastía de los Habsburgo, que gobernó por varios siglos, se oponía al desarrollo de la industria, ya que la construcción de fábricas concentraba a los obreros en las principales ciudades y estos obreros podían rebelarse. También prohibió la construcción de ferrocarriles y cualquier innovación necesaria para el desarrollo de una economía moderna.

Hungría logró cierta independencia de Austria en 1848, año de diversas revoluciones en Europa, pero nunca pudo consolidar un gobierno independiente. En 1867 se firmó el Compromiso Austrohúngaro o Ausgleich, que le permitió a Hungría regirse por un gobierno constitucional parlamentario, pero su política exterior y el ejército eran controlados desde Viena. Después de la derrota del Imperio Austrohúngaro en la Primera Guerra Mundial, Hungría, ya separada de Austria, se proclamó como República. Sin embargo, este intento de democracia duró poco, ya que en marzo de 1919 inició la dictadura comunista de Bela Kun, quien cuatro meses después fue destituido por un gobierno de extrema derecha a cargo del mariscal von Horthy, quien fue regente hasta 1944. La crisis económica y el desempleo durante la década de los 20 favorecieron el fortalecimiento de organizaciones paramilitares de derecha que tuvieron gran influencia en los años siguientes.

Después de la Segunda Guerra, Hungría, Polonia y otros países de Europa Oriental buscaron celebrar elecciones libres para reiniciar su vida democrática. Sin embargo, Stalin, cuyo Ejército Rojo había ocupado gran parte de Europa Oriental durante el último año de la guerra, inició en 1945 la formación de frentes populares con coaliciones de los partidos de izquierda para ganar las elecciones. Estos frentes eran controlados por los comunistas, que con el apoyo de la Unión Soviética fueron desplazando a los otros partidos de izquierda, llevando a Polonia, Hungría y a otros países de Europa Oriental a convertirse en satélites de ésta. Vivir detrás de la “Cortina de Hierro” significó para las sociedades de estos países entrar a un sistema donde avanzar no dependía del mérito propio, sino de la obediencia y lealtad al partido. Cualquier incentivo a la innovación fue restringido.

En el caso de Polonia, después de las exitosas huelgas de los trabajadores de Gdansk, encabezadas por Lech Walesa en 1980 que provocaron la crisis final del comunismo polaco, se inició en 1989 una apertura democrática y económica aparentemente exitosa en la década de los 90. Sin embargo, después de dos décadas donde varios funcionarios del régimen comunista reciclaron su poder de la política a la economía, la desilusión y enojo se desató entre la población polaca. Esta situación fue aprovechada por el Partido Ley y Justicia, que dirigió el gobierno del 2005 al 2007 y ganó de nuevo en el 2015, ocupando la Presidencia hasta la fecha. En el 2015 los líderes de este partido, violando la Constitución, designaron nuevos jueces en la Corte Constitucional. Además, tomaron el control de la televisora del Estado y en el 2016 cambiaron la Ley del Servicio Civil, facilitando la contratación a miembros del partido y despidiendo a profesionales con experiencia en sus puestos.

En 1989, en un evento masivo en Budapest en el que se recordaba la revolución fallida de 1956, interrumpida por la invasión de las tropas soviéticas, un líder disidente que dirigía el movimiento juvenil Fidesz, llamado Viktor Orbán, reclamaba elecciones libres y la salida de las tropas soviéticas. Este movimiento, que se convirtió en partido político, ganó las elecciones de 1990, teniendo como objetivo llevar a su país a la vida democrática. Después de varios cambios de gobierno caracterizados por la corrupción y las crisis económicas, Orbán logró ganar de nuevo las elecciones 20 años después, obteniendo dos terceras partes del voto parlamentario. Esta ventaja fue aprovechada para reestructurar todo el sistema de gobierno. En el 2011 el Parlamento adoptó una nueva Constitución que le dio poder al partido sobre el sistema judicial y el control sobre la supervisión de las elecciones, el presupuesto y los medios de comunicación. El líder idealista del movimiento juvenil con ideas democráticas de la década de los 90, se transformó en un líder sumamente autocrático.

No es casualidad que después de siglos de gobiernos autoritarios y varias décadas del comunismo, Rusia, Polonia y Hungría estén gobernados por líderes que, aunque fueron electos por la vía democrática, han ido debilitando a la oposición, controlando los medios de comunicación y favoreciendo a ciertos segmentos de la población, todo ello para mantenerse en el poder. En palabras de Ginsburg y Huq en Como salvar una democracia constitucional: “La erosión democrática puede ocurrir por medios que no violan la ley, como el cambio en la legislación húngara que permitió la concentración del poder, habiendo sido autorizada por el Parlamento”.

Cuando no se cuenta con instituciones sólidas que funcionen como contrapesos para apoyar la movilidad social, brindar certidumbre a la inversión, respetar los derechos de propiedad y cuidar la libertad de prensa, se inhiben los incentivos que permiten lograr un crecimiento sostenido.

En la tercera y última parte de esta serie revisaré los grandes contrastes institucionales entre el norte y el sur de Estados Unidos, y comentaré sobre dos eventos que pusieron a prueba la fortaleza de sus instituciones. Analizaré el caso de Argentina con sus fallidos intentos democráticos, sus crisis financieras recurrentes y su crónica falta de crecimiento económico. Concluiré con algunos comentarios en relación a algunos eventos recientes en nuestro país.