Hoy es el 2040 de 1996. Para situarnos, 96 fue el año de “la Macarena” y la primera entrega de Misión Imposible. El walkman y Blockbuster estaban conquistando el mundo. Apple no había inventado el iPod y Netflix no existía. México no tenía plantas ni de Boeing, ni de Kia. Llevábamos apenas dos años como miembros de la OCDE.

Entrando más en el tema, el TLCAN se había firmado hace apenas unos años y seguía siendo duramente criticado por la oposición. La Secretaría de Energía se acababa de renombrar (quitando “minas e industria paraestatal”) y la CRE se acababa de crear. La Ley del Servicio Público de Energía Eléctrica (LSPEE), que puso las bases para que hoy 33% de la electricidad se genere a partir de inversiones de privados, se acababa de promulgar.

La producción de Pemex, impulsada por Cantarell, rondaba en 3 millones de barriles diarios y seguía en ascenso. Ni aguas profundas ni shale eran palabras que realmente formaran parte del vocabulario energético del país. Ampliando el horizonte, la generación eólica y solar en México eran muy cercanas a cero. Pemex, Luz y Fuerza del Centro y la CFE no eran empresas sino autoridades.

Zedillo era presidente y Reyes Heroles secretario de energía. El PRI conservaba mayoría absoluta en el Congreso. El PRD seguía siendo novedoso y Morena, por supuesto, no existía.

Prácticamente todo ha cambiado. “Despacito” destronó a “la Macarena”. Los sectores automotriz y aeroespacial han despegado. El TLCAN, dentro de México, goza de un apoyo prácticamente generalizado. La producción de Pemex va para abajo. La LSPEE ya no existe. Pemex y CFE empiezan a competir. La CRE ya tiene pares reguladores y es anfitriona en congresos globales. El partido en el poder nunca ha vuelto a tener mayorías absolutas y Morena lidera en las encuestas.

Es natural ver hacia atrás y concluir que el cambio nunca antes fue tan rápido. Pero, parafraseando al presidente Macron, no debemos perder de vista que nunca más volverá a ser tan lento.

El TLCAN podría derrumbarse, pero su capítulo energético podría escribirse por primera vez. Pemex, ahora con socios, podría finalmente conquistar las aguas profundas y el shale, recuperando ritmo de producción perdida. Los esfuerzos de empresas privadas podrían representar buena parte de las nuevas reservas añadidas y la nueva producción generada. El sector energético mexicano podría consolidarse como un ejemplo a seguir, a nivel país y a nivel global, en temas de transparencia.

Lo más interesante es que, contrario a lo que sucedió en 1996, ya no necesitamos un rediseño del modelo energético. Ni que el sistema político se transforme. Para que la historia energética mexicana de aquí al 2040 sea una de “cambio verdadero”, ya no son necesarias cirugías mayores que resanen el rezago de décadas. Es una gran paradoja que, para vivir el mayor proceso de transformación que hemos experimentado en el sector, lo que necesitamos es continuidad.

Porque tampoco debemos caer en la trampa del futurismo. Blockbuster cayó, pero Hollywood sigue siendo una potencia global. El iphone sustituyó al ipod, que sustituyó al walkman. Pero la música nos sigue moviendo.

Quién sabe cuánto gas y cuánto petróleo produzcamos en el 2040. Quién sabe si, para cumplir nuestros objetivos de sustentabilidad y crecimiento, vayamos a depender más de la captura y secuestro del carbono que de la sustitución de carbón por gas o del crecimiento de las renovables. O de la eficiencia energética.

No tenemos que predecir cómo se va a llamar la nueva “Macarena”. Ni quién la va a cantar. Lo relevante de ver hacia el 2040 en el 2018 bien plantados en el nuevo modelo, como la Amexhi lo ha hecho, es imaginarnos cómo tendremos que ir evolucionando y qué obstáculos tendremos que ir sorteando.

Pablo Zárate

Consultor

Más allá de Cantarell