En 1978, Alfonso García Robles encabezó la delegación mexicana en la primera sesión sobre desarme de Naciones Unidas. Sus magníficas aportaciones le hicieron acreedor del Nobel de la Paz en 1982.

A partir de ese momento, la diplomacia mexicana hizo crecer un rasgo que, hasta el 8 de junio del 2016, el mundo entero aplaudía: el desarme y la no proliferación nuclear.

En febrero del 2014, México refrendó su rasgo a favor del desarme nuclear en una reunión en Nayarit durante la II Conferencia sobre Impacto Humanitario de las Armas Nucleares.

¿Qué sucedió el 8 de junio del 2016?

Muy buena la anécdota del paseo por Polanco y el menú que Enrique Peña Nieto y el primer ministro de la India, Narendra Modi, compartieron en el restaurante Quintonil esa noche. Pero más allá del aguacate tatemado que degustaron se encuentra, posiblemente, la decisión en política exterior más anómala que el presidente mexicano haya tomado durante su gestión: apoyar a India para que ingrese al Grupo de Proveedores Nucleares (Nuclear Suppliers Group, NSG).

India desea ingresar al NSG para comprar material nuclear sin restricciones. Las naciones que forman parte del NSG se obligan a apoyar la no proliferación nuclear y el desarme. India va por la libre.

El 18 de julio del 2005, el presidente George W. Bush y el primer ministro indio Manmohan Singh firmaron un acuerdo clave sobre el ingreso de India a la industria nuclear. Bush dio luz verde para que India aumentara su capacidad de producción de armas nucleares sin obligarlo a adherirse a convenciones de no proliferación y desarme. Es decir, poco importó a Bush que el acuerdo con India violara legislaciones internacionales, como por ejemplo, el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). Después del apoyo mexicano a India, Pakistán llamó a México para solicitar su espaldarazo: también quiere ingresar al NSG.

Hoy nada se sabe sobre el tema. Tampoco de la apertura de la Embajada mexicana en Islamabad.