En la víspera de Navidad, cuando la mayoría de los ciudadanos estaban ocupados y preocupados por acatar las restricciones de movilidad debido al incremento de casos de contagio por coronavirus, Londres y Bruselas llegaron a un acuerdo comercial después de más de cuatro años del voto en favor del Brexit. El documento de 1,246 páginas será debatido y aprobado este 30 de diciembre por el parlamento británico para entrar en vigor el 1 de enero de 2021.

¿Quién salió vencedor? Esa noche Boris Johnson actuó como si lo fuera, aludiendo al eslogan de campaña: “Hemos retomado el control de nuestras leyes y de nuestro destino”. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, fue más mesurada expresando satisfacción y alivio.  Lo cierto, como en cualquier divorcio, es que el acuerdo fue lo mejor posible dadas las circunstancias. A diferencia de la mayoría de las negociaciones exitosas, se impusieron más barreras comerciales y ambas partes emergerán peor de como estaban, pero la opción de no llegar a un acuerdo hubiera sido desastrosa.

El nuevo tratado garantiza el comercio libre de tarifas y cuotas en la mayoría de productos manufacturados entre la UE y el Reino Unido y proporciona la pauta para seguir cooperando con intercambio de información y en la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado. Esta es una situación ventajosa para el Reino Unido comparada con las reglas que aplican para cualquier otro país fuera de la UE.

Sin embargo, el acuerdo no menciona detalles acerca del acceso al mercado de servicios, a pesar de representar el 80% del total de la actividad económica del Reino Unido y el 82% del empleo. Las negociaciones fueron más intensas sobre el control de la pesca en el Canal de la Mancha que representa el 0.04% de la actividad económica. El acceso al mercado de servicios financieros será negociado después del 1 de enero y hasta que el Reino Unido dé a conocer como usará su nueva independencia en materia de regulación.

El nuevo acuerdo también termina con el libre movimiento de personas de nacionalidad europea en el Reino Unido. Un beneficio para los simpatizantes del Brexit. Pero esto es recíproco. Los británicos ya no tendrán el derecho de estudiar, trabajar ni retirarse en cualquier país de los 28 miembros de la UE, bajo las mismas condiciones que sus propios ciudadanos. Tampoco tendrán el acceso a la mano de obra barata proveniente de Europa del Este, principalmente.

El alto costo para el Reino Unido es inevitable y la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria estima una pérdida del 4% del PIB en el largo plazo, más de lo estimado debido a la pandemia actual. El costo político y social es mayor. Al interior del país, nadie quedó satisfecho. Para los anti-Brexit la permanencia en la UE hubiera sido lo mejor mientras que para la mayoría de simpatizantes del Brexit un rompimiento total era lo deseado. El distanciamiento entre Inglaterra y Escocia e Irlanda del Norte, que votaron en contra del Brexit, será mayor. En el contexto internacional, el Reino Unido pierde influencia en la segunda economía más grande del mundo.

El acuerdo con el que el Reino Unido se separa de la UE es solo el comienzo de una nueva relación, la mayoría de los detalles todavía están por determinarse y dicho acuerdo está sujeto a revisiones periódicas y a que tanto el Reino Unido se aparte de los estándares de la UE. El Reino Unido recuperó el control pero ahora tendrá que continuar negociando con un socio comercial cinco veces más fuerte.

Lucía Buenrostro

Actuaria por la UNAM

Columna invitada

Lucía Buenrostro es Maestra en Economía por El Colegio de México y Maestra en Matemáticas y Finanzas por el Imperial College (Reino Unido). Es Doctora en Economía por la Universidad de Warwick (Reino Unido). Ha desempeñado labores de docencia e investigación en la UNAM, en la Universidad de Warwick y en la Universidad de Oxford.

Cuenta con una amplia y sólida trayectoria en el sistema financiero internacional donde laboró por casi 15 años en Londres como responsable de áreas de administración de riesgos en la banca de inversión.

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