El mundo digital ofrece contenidos para todo tipo de gustos. La posibilidad de encontrar comunidades de personas con intereses afines a los nuestros es cada vez mayor. Las distancias desde hace varios años dejaron de existir en el mundo del texto y cada vez más con la llegada de tecnologías inalámbricas totalmente IP. Lo mismo está ocurriendo con los servicios de voz.

De esta forma, los más acérrimos fanáticos de un escritor no muy conocido pueden poco a poco ir incrementando las filas de su hermandad virtual al compartir contenidos sobre una obra que todos disfrutan desde su propia perspectiva. Otros preferirán utilizar el mundo digital para intentar encontrar esa media naranja que los acompañe en el largo camino del resto de sus días.

Otras comunidades se enfocan en fomentar la colaboración de coleccionistas con pasatiempos más tradicionales como la numismática, la filatelia y hasta el intercambio de cromos sobre el mundial de futbol.

En todos estos casos hay reglas escritas y reglas que se infiere todo el mundo conoce por sentido común. De todas formas, de vez en cuando leemos en los medios que tal persona es vetada de alguna comunidad. También en la supuesta democracia virtual existen distintos tipos de clases sociales que no necesariamente reflejan el poder que da el dinero o la edad en el mundo real.

Hay ocasiones que el cambio de roles es tan drástico que parece tomar lugar en el mundo del absurdo, un absurdo que sirve como patrón de pensamiento tanto para apóstatas como evangelistas del mundo digital. Es una realidad donde encontramos comunidades anarquistas altamente organizadas (algunas viven negando estar jerarquizadas) o de nihilistas que abrazan al absurdo como si fuese maná digital.

Lo mejor de este absurdo es ver cómo luego de tantos años de tener a la realidad nutriendo los mundos binarios de cada día, la imaginación de masacres ficticias parece dar cancha libre a todo tipo de teorías conspirativas. Ya no sorprende hablar del Área 51 o del caribeño Chupacabras, el absurdo es más cercano y conocido.

El absurdo puede ser tu vecino o el carnicero, puede ser un anciano o una quinceañera y hasta puede ser el logo de una tienda. El requisito del absurdo es que se proclame en un léxico limitado, con un excedente inusitado de calificativos monosílabos. El absurdo es esa confrontación burlesca entre el Ying y el Yang donde todo se reduce a una batalla entre el bueno contra los malos. Es contar con los recursos para diseminar por redes sociales un discurso de odio que tergiversa la realidad creando culpables erróneos para quienes se sienten víctimas. Es el mundo de los datos alternativos.

Como es de esperar, tarde o temprano el absurdo digital tiene que abrazar a su homólogo real para encontrar esa tercera vía que por breves minutos los mantendrá caminando lado a lado. Será interesante contemplar ese momento, uno que será desenlace de numerosos esfuerzos de instituir credibilidad basándose simplemente en el sentimiento y las emociones.

Precisamente, esa es la gran ventaja del absurdo. Lograr que todos queden contentos con discursos cortos en esa prensa alternativa digital, resumir en un ataque racista todos los complejos y desinformación de un país frente a su vecino. Un absurdo que se justifica al invocar a Dios cuando parece representar al diablo. Todo vale si lo importante es llevar a millones de seguidores en redes sociales un mensaje mesiánico imposible de cumplir donde siempre un tercero, como los mexicanos, son los causantes de todos los males de la existencia.

Pangloss ha transmutado. La caricatura ahora es protagonista sin saber a ciencia cierta si el fuego quema o el agua moja. Tiene suerte. En el mundo de las comunidades digitales hay comunidades para todos, incluyendo aquellos que prefieren culpar a otros de sus problemas e incapacidades.

*/ Jose F. Otero es director de 5G Americas para América Latina. Esta columna es a título personal.