“Davos, opacado por sexta ronda del TLCAN”, rezó la cabeza de una nota publicada en El Economista. No debe extrañar que así sea; que, al menos en México, la opinión pública se encuentre más preocupada por el futuro de ese muy importante acuerdo comercial del hemisferio norte del continente americano que por lo que se diga en el Foro Económico Mundial (WEF, por su sigla en inglés) que se celebra todos los años en la pequeña ciudad suiza de Davos.

No se pretende restar importancia al WEF. Desde su establecimiento, ha sido un mecanismo muy útil para la discusión de grandes problemas de la humanidad; pero se trata de un foro meramente deliberativo donde no se puede tomar ninguna decisión de trascendencia. A mayor abundamiento, el tema a discutirse en el WEF de este año es tan inespecífico y vago —“Creando un futuro compartido en un mundo fracturado”—, que muy difícilmente es de esperarse que se llegue a una conclusión que resulte tan siquiera interesante. Para empeorar las cosas, no hay programada en la agenda ninguna sesión relativa a Latinoamérica.

A diferencia, el TLCAN ha sido de gran importancia para México desde que se acordó en el año de 1973. Desde su entrada en vigor, ese acuerdo ha sido uno de los principales vectores para la modernización económica de México, dando lugar a un crecimiento muy rápido de las exportaciones. Si, desde entonces, el sector interno de la economía nacional hubiese tenido un desempeño tan siquiera modesto, las fortunas económicas de México habrían sido muy distintas y desde luego mucho más favorables.

No hay ninguna razón inteligente profunda que justifique la cancelación del TLCAN, tan sólo los prejuicios ignorantes del presidente Trump. La supresión de ese acuerdo sería perjudicial tanto para Canadá y Estados Unidos como para México, pero mucho más para nosotros por una razón monda y lironda: porque es el más pobre y débil de entre esos tres países. El proteccionismo comercial siempre es dañino para las grandes mayorías de la población. ¡Alguien, por amor de Dios, podría explicárselo a Donald Trump!

Hay que confesarlo: la perspectiva con respecto al futuro del TLCAN es incierta. Es muy claro que el deseo personal de Trump es llegar a esa cancelación, aunque tampoco quiere aparecer como el déspota autoritario que la decretó unilateralmente. Esa última es la única tablita de salvación que nos queda.

BrunoDonatello

Columnista

Debate Económico