Cualquiera que haya cruzado la frontera terrestre entre México y Estados Unidos entiende muy bien el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN): un comercio dinámico, entre dos países desiguales y con una pobre infraestructura para ese intercambio comercial.

Para la suerte de todos, las profecías negativas de lo que implicaría el acuerdo comercial para México fallaron todas. Incluso los peores demonios de la unidad mercantil nadie los vio venir, como por ejemplo, el cambio de hábitos alimenticios que implicó la facilidad de compra de mucha comida chatarra.

Pero así como fallaron los malos augurios, así también fracasaron los que anticipaban que, para la segunda década del siglo XXI, México, Estados Unidos y Canadá tendrían niveles de desarrollo similares como para pensar en una integración total.

La pobreza y los bajos niveles educativos están ahí, tal cual como hace 20 años, quizá agravados por la más marcada disparidad social y por el descaro y activismo violento de los profesores que defienden su derecho a ser malos y mediocres.

Pero además, a diferencia de hace 20 años, hoy la violencia del crimen organizado es una realidad inocultable, por más que se pretenda desde el gobierno hacer de ello un asunto del sexenio pasado. La realidad es que la impunidad de las mafias es de extensión nacional.

Y nada que ver con aquella coincidencia entre la entrada en vigor del TLCAN y el levantamiento zapatista, porque ese conflicto fue más poético que militar y tuvo que ver más con la pobreza y la marginación de los indígenas que con el uso de la falta de aplicación de las leyes como herramienta cotidiana.

No es lo mismo el EZLN que Los Caballeros Templarios. No es lo mismo la Comisión para la Concordia y la Pacificación de Chiapas que el gabinete de seguridad en pleno decretando de facto la desaparición de los poderes de Seguridad Pública en una región del país. En fin.

El punto es que a 20 años de vigencia, el TLCAN necesita un poco de aire fresco. Los mejores tiempos del acuerdo ya quedaron atrás. Fue durante los 90 y principios de este siglo que México tuvo un despegue motivado por el acuerdo.

Dejó como hecho positivo la especialización de la mano de obra. Hoy, el acuerdo comercial implica más la presencia de una dinámica industria automotriz o aeroespacial que parques industriales repletos de maquilas de producciones baratas.

No es posible pensar en una integración al estilo europeo, por la experiencia que hemos visto en esa región y por la abismal disparidad de México con Estados Unidos y Canadá, pero América del Norte tiene que aprender a negociar en bloque.

Por ejemplo, es un peligro para el acuerdo trilateral que Estados Unidos busque un acuerdo comercial con la Unión Europea, el cual pueda marginar a México.

Para los siguientes 20 años de la relación trilateral, el nuevo invitado que puede marcar una diferencia es la reforma energética: si se logran concretar buenas leyes secundarias y su implementación es la adecuada, sí se pueden hacer mejores pronósticos desde ahora para el 2034.