Entre los países productores de petróleo hay un jaloneo para ver quién es el primero que se atreve a cerrar un poco la llave de la producción para frenar la caída de los precios.

Con todo y que algunos de los más importantes productores están agrupados en un cártel, la OPEP, no logran ponerse de acuerdo. El temor es que unos engañen a otros y no sea pareja la baja. Además, los árabes siguen decididos a sacar del camino a los malos competidores para regular el mercado en el futuro.

En esta discusión de quién baja primero su producción, no está Petróleos Mexicanos (Pemex). De hecho, el resto de los productores no se atreven, pero en secreto desean darle las gracias a la empresa mexicana porque en cuestión de un par de años ha dejado de producir más de la tercera parte de lo que solía extraer.

Pemex es ciertamente víctima de las condiciones del mercado, pero su situación actual es producto de su mala preparación para los tiempos de las vacas flacas.

Con Pemex, todo el mundo iba al granero a explotar a la gallina de los huevos de oro, empezando por el gobierno federal que cómodamente se dejó caer sobre los brazos del alguna vez gigante petrolero para que le resolviera sus problemas de gasto.

Mientras que con una mano los gobiernos del siglo pasado y de éste le metían la mano a la bolsa para sacarles 70% de sus ingresos, con la otra se mostraban laxos con sus clientes políticos, a los que les disparaba exenciones de impuestos a cambio, claro, de su apoyo político.

Pero también el monopolio se respaldó en el viejo cuento de la empresa que Tata Cárdenas había rescatado para los mexicanos y le importó poco el control de sus finanzas. Una relación laboral abusiva por parte del sindicato y una enorme laxitud con la corrupción entre sus empleados y proveedores.

La crisis petrolera actual no fue más que el detonante de lo que era inevitable para Pemex.

La reforma energética llegó dos décadas tarde y lo hizo sin una solución fiscal. Las posibilidades políticas no le dieron al gobierno actual para quitarle la bota del cuello, al menos no de una manera inmediata.

Si Pemex no tuviera el apoyo incondicional del presupuesto federal (es lo menos que podrían hacer por la empresa después de tantos años de usarla), sería una empresa en quiebra.

El gobierno está en proceso de rescate de Pemex. Porque aunque los eufemismos hablan del estudio de un apoyo financiero para su capitalización, nuestro diario El Economista dio a conocer que Pemex ya recibió un primer tramo de 50,000 millones de pesos desde diciembre pasado.

El gobierno federal debe cuidar muy bien el origen de esas partidas especiales de rescate, para que no vaya a llamar como un animal herido a los depredadores de las agencias calificadoras y se ponga en peligro la nota de la deuda soberana.

Y Pemex debe entrar en un proceso financiero y sobre todo obrero-patronal de recomposición interna para recuperar lo antes posible su viabilidad, con socios, sólo con el número de trabajadores que necesite, con altos índices de producción, con estrictos controles anticorrupción.

Si todo ese dinero, nuestro dinero, que la Secretaría de Hacienda va a destinar para rescatar a Pemex, no sirve para recomponer esa empresa, será un Fobaproa más en la triste historia de los excesos financieros de nuestro país.