El Brexit elevó el ánimo nacional, pero tarde o temprano las duras realidades económicas quedarán al descubierto

Princeton. Adiós, Gran Bretaña. El Brexit ya fue. Se acabó. Algunos británicos ondean banderas del Reino Unido y los edificios públicos están iluminados de rojo, blanco y azul. Tras haber abierto radicalmente un nuevo espacio de maniobra política, el país celebra hoy su logro.

Este estado de ánimo es sorpresivo. Después del referendo de junio del 2016, que la opción “salir de la UE” ganó por un margen relativamente estrecho (52% frente a 48%, con una participación de 72%), el Brexit se convirtió en un tema profundamente polarizador. La apuesta por abandonar la Unión Europea se enfrentaba a muchos desafíos legales y dejó al Parlamento amargamente dividido e incapaz de aprobar un acuerdo de salida. El público cayó en la acritud. Para los observadores de todo el mundo, parecía que el Reino Unido se estaba desintegrando.

Pero entonces vino la sólida votación del primer ministro Boris Johnson y los conservadores en las elecciones generales de diciembre del 2019, que muchos interpretaron como “aplastante” y un cambio épico de orientación política del país. Aunque los tories obtuvieron sólo 44% del voto (con una participación de 67%), se nos dice que el país ha vivido una profunda transformación sicológica. Según esta narrativa, el problema se resolvió por la repentina aparición de un nuevo consenso.

En cuanto a un cambio en la opinión pública, puede simplemente ser un reflejo de la frustración tras más de tres años de debatir sobre el Brexit. Apelando a esta sensación de agotamiento, los conservadores hicieron campaña con una plataforma directa: “Get Brexit done” (algo así como “Apliquemos el Brexit de una buena vez”). La simpleza de este lema oculta la inmensa complejidad de las preguntas que quedan sin responder. ¿Incluirá los servicios el comercio futuro con la UE? ¿Se protegerá el acceso al continente por parte de las instituciones financieras británicas con una doctrina de la “equivalencia”? ¿Cómo se manejará la frontera con Irlanda?

Pero, por supuesto, el cambio de ánimo de los votantes también puede reflejar un genuino deseo de sacudirse las limitaciones asociadas con ser miembro de la UE. Tras años de que los partidarios de permanecer en la Unión argumentaran que hacerlo causaría riesgos económicos incalculables, Johnson cumplió la promesa de superar finalmente el “Proyecto del miedo”.

Desde los años 70, el debate británico sobre Europa ha enfrentado a quienes se han centrado en los beneficios de la integración con aquellos preocupados acerca de la soberanía política y las restricciones impuestas por remotas autoridades supranacionales. Esto enmarcó el asunto como uno de necesidad económica versus opción política.

Sin embargo, la primera ministra Margaret Thatcher se las arregló para equilibrarse entre ambos lados de la zanja. Había promovido vigorosamente la integración del Reino Unido como miembro de la Comunidad Económica Europea, y su gobierno jugó un papel decisivo en impulsar el Acta Única Europea de 1986, que encaminó a Europa en dirección al libre mercado. Hasta que la canciller alemana Angela Merkel entró en escena, Thatcher era la partidaria más conocida de la visión TINA (del inglés “there is no alternative” o “no hay alternativa”) a la integración económica.

Y a pesar de eso, Thatcher también argumentó una y otra vez a favor de la necesidad de poder optar, describiendo cada vez más a Europa como un “superestado” que amenazaba con restringir la soberanía nacional, ejercida a través de los procesos electorales parlamentarios regulares. En un discurso de 1988 al Colegio de Europa en Brujas, rechazó el “colectivismo y el corporativismo a nivel europeo”, incluso mientras sostenía al mismo tiempo la opinión de que “el destino de Gran Bretaña está en Europa, como parte de la comunidad”.

Después de la crisis financiera global del 2008, y especialmente tras la crisis de la deuda europea, los problemas con el TINA saltaron a la palestra. Los gastos públicos a gran escala financiados por déficits de cuenta corriente y fiscales se habían convertido en una fuente evidente de vulnerabilidad. La financiación externa se acabó y los gobiernos adoptaron políticas de austeridad, que presentaron como una necesidad para recuperar la confianza de los negocios.

Políticamente, este mensaje fue un fracaso. Los drásticos recortes a los beneficios de bienestar generaron muchas víctimas y resucitaron la vieja queja sobre la falta de opciones. Tras el 2012 fue apareciendo una nueva narrativa, influida en gran medida por la facilitación monetaria, que hizo más fácil y barato endeudarse. En tales circunstancias, los gastos públicos de gran escala se podrían estabilizar, ya que los gobiernos que emitían su propia moneda nunca iban a caer en impagos. Pero en el caso de la UE, no existía ningún mecanismo de gobernanza a nivel europeo capaz de cosechar los beneficios del dinero barato.

Con este telón de fondo, el gobierno de Johnson ha resucitado el argumento económico de la ausencia de opción. Explotando los efectos destructivos y desmoralizantes de la “austeridad”, ha prometido masivas inversiones públicas para estimular y transformar las áreas industriales del norte en declive que votaron por el Brexit y posibilitaron la victoria de los conservadores en diciembre. Supuestamente, este aumento del gasto llevará a una armonía social, porque restaurará la sensación de libertad de opción. O, en las palabras de Johnson que ya se han vuelto famosas acerca del Brexit: “Tendremos nuestro pastel y nos lo comeremos”, aludiendo al dicho inglés “You can´t have your cake and eat it”, más o menos equivalente a “No se puede tener el oro y el moro”.

Al reimaginarse a sí mismo, el Reino Unido está actuando como si hubiera entrado a un mundo de nuevas y atractivas alternativas. Es cierto que la libertad de escoger airea el país. Sin embargo, en algún punto quedará claro que, como con todas las opciones, también hay desventajas. Escoger una opción es desechar muchas otras, y toda opción que se tome puede tener grandes consecuencias para una variedad de opciones futuras.

Puede que, por ahora, el Brexit haya elevado el ánimo nacional. Pero, tarde o temprano, las duras realidades económicas quedarán al descubierto. Pocas veces ha sido más pertinente la descripción de John Milton de Adán y Eva tras su expulsión del jardín del edén:

“El mundo entero estaba ante ellos, donde escoger

su lugar de descanso, y la providencia era su guía;

de la mano tomados, con pasos lentos y errantes,

cruzaron, solitarios, el edén”.

El autor

Harold James es profesor de Historia y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton e investigador senior en el Centro para la Innovación de la Gobernanza Internacional.