Se está conformando un momento delicado, del que no podríamos habernos imaginado. En el corazón de nuestra genética, sabemos que México es diverso y difícilmente una unidad coherente y arreglada. Somos muchos México, aunque nos una bandera, himno y la Selección Nacional.

La historia de México es, en una buena parte, la de la fragilidad en su unidad, como país. Se nos olvida, y es un tema poco abordado, porque requiere de acciones y sacrificios que afectan las localidades y los regionalismos. Muchos México, han construido la Nación a lo largo de dos siglos. En ellos, sólo dos periodos han dado resultado, económica y políticamente.

En efecto, no es extraño que las épocas más prosperas de nuestro país sean la de la presidencia de Porfirio Díaz y las del partido hegemónico del siglo XX: el PRI. Unidad y dominancia política los construyeron, mucho más que una sensación de unidad compartida, por legalidad o identificación evidente. En medio de la diversidad y el mosaico de distintas costumbres a lo largo y ancho de un territorio, somos el producto de un cúmulo repleto de soluciones diversas para los mismos problemas.

A falta de acuerdo compartido, más allá de bandera, historia y tragedias compartidas por la perdida de la mitad del territorio, poco quedó a lo largo del siglo XIX. No hay unidad de cultura, no existe la de raza o color, no existe la de propiedad o infraestructura, sólo queda la idea de que compartimos la diversidad y el respeto a cada una de ellas. México es la unidad en la diversidad, me decía con insistencia y vehemencia elocuente Guillermo Tovar y de Teresa, qué de estas cosas sabía mucho.

Contrario a lo que piensa Andrés López, México no es una unidad a secas. Ni lo es por el voto, ni lo es por la pobreza. La pobreza y la riqueza en México son muy distintas en cada región de nuestro país. Un pobre en el Edomex, no es igual a un pobre en la Sierra de Oaxaca. Un rico en Nuevo León es muy distinto de un rico en Tabasco.

La Nación, es una serie de diversidades unidas por la historia común, las perdidas o las ganancias en las localidades, la voluntad y la idea de que es mejor estar juntos y llamarnos de una sola manera, en vez de recurrir a nuestro mosaico de diferencias, al final inocuas o muy importantes dependiendo de las circunstancias.

Dicho eso, hay que recordar que “La Federación”, no es distancia, libertad o soberanía absoluta de Estado a Estado o frente a la Nación federada. Federación, quiere decir, sobre todo, unidad, nación y país.

Sin embargo, la federación requiere de un gran cuidado y un tejido de filigrana. Los estados son soberanos y libres, pero su compromiso con la federación, no se da a cualquier costo, por cierto.

Soberanía del estado, en concreto si, pero debido compromiso desde el Ejecutivo Nacional, también. Es decir, cuidar de la unidad de los Estados federados y de su bienestar, respetando las características y las necesidades de cada uno de ellos. Esa es la gran tarea básica, a tratar de lograr. Lo demás, casi sale sobrando: unidad; después, unidad y al final, la unidad. Cuando no la hay, perdemos la mitad del territorio, perdemos las islas Manilas, perdemos la Cliperton, perdemos; siempre perdemos cuando no la hay. Declarar que se usa la pandemia o los problemas de coyuntura, políticamente, es una falacia justificadora. Cada vez que el presidente señala a alguien, tres dedos lo señalan a él.

Toda persona que sepa un poco del desarrollo de los estados democráticos federados, sabe que eso es un bien que debe perseguirse y debe prohijarse, permanentemente. Un presidente, preside un convenio y un acuerdo, no manda como un dictador de buenas intenciones, por más mayoritarias electorales que sean.

La idea es la de estar juntos para lograr un fin superior. No se trata de mostrar la valentía o la necedad de una idea, se trata de presidir, para coordinar y construir del colectivo existente una imagen ulterior de las mejores intenciones y de las mejores ideas colectivamente construidas. De eso, nada menos y nada más. Responsabilidad y construcción institucional.

No, por cierto, visión ideológica intransigente, sino el acuerdo de las muchas partes que construyen la Nación. Tanto las del combate a la pobreza, como las que no lo son y piensan que hay que darle un espacio privilegiado a la iniciativa privada.

Compartir visiones es un ejercicio de presidir, de ser presidente. No es el dictado de una tercera parte del electorado, para imponer un proyecto loco e irracional, sino para poner de acuerdo a todas las partes. Eso dicta la razón y la experiencia. Lo demás es un golpe de Estado con supuestas bases democráticas. Imponerse es el fin de una idea, no el principio de llevarla a cabo. Es, en conclusión, que tiene tan pocos adeptos, que hay que usar la fuerza para convencer.

Digo todo esto, con preocupación. En la semana que acaba de pasar, por lo menos dos grupos de gobernadores, se han reunido para tomar decisiones respecto, no sólo de las políticas derivadas de la existencia del Convid 19, sino respecto de otras materias, como el uso de recursos, consecuencia del acuerdo fiscal de la federación. Por cierto, son los estados que tiene el PIB más alto, en conjunto, de la Republica, excluyendo al Edomex y a la CDMX.

Por un lado, Querétaro, Guanajuato, Jalisco y se apresta Aguascalientes. Son la vieja Nueva Galicia, históricamente dominantes en materia industrial y agraria. Del otro lado, están Nuevo León, Coahuila, Durango y Zacatecas, que en un tiempo constituyeron el distrito de La Nueva León. ¿Qué producen en conjunto, todos ellos? Más de lo que producen en conjunto los estados al sur de la CDMX.

¿Está el Presidente de la República, es decir, el que preside un conjunto de muchos intereses y diversidades, dispuesto a conceder un acuerdo o seguirá neceando con sus locuras?

Mi impresión es que ha tomado el camino de hacer lo que sus reales necedades, que son la confirmación de que es un necio y por ello sigue siéndolo, ha decidido. Es decir, no hacer caso y llegar hasta la posibilidad de dividir, o destruir la unidad nacional. ¿Qué hará si una región del país, además de salirse del pacto fiscal, también deciden constituirse en un país distinto? Nadie sabe.

Pero hasta allá nos ha llevado. La cuarta transformación podría convertirse en la desmembración del país. Eso que nos ha costado tanto construir como unidad, durante dos siglos, a pesar de nuestras perdidas.

La 4T, podría convertirse en la destrucción de un país. Una gran transformación que sólo una mente enferma podría concebir como beneficiosa. Separar a los ricos en el norte y en el Bajio y quedarse con los complacientes pobres del sur, sureste.

Valiente transformación, la de la destrucción de la 15ª Nación mas poderosa del mundo. La ideología y el mesianismo, tienen tintes dramáticos de tragedia. Todos somos responsables, sin embargo. Es compromiso de todos y hay que hacer algo.

Miguel González Compeán

Abogado, politólogo y economista

Columna invitada

Ensayista e interesado en temas legales y de justicia. actualmente profesor de la facultad de derecho de la UNAM.

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