Ante la exigencia de Morena, el PAN y el PRD para reponer el proceso electoral en el Edomex, el INE se ha refugiado en un discurso legal que no le abona a nadie y quedó tocado de cara a las próximas elecciones

A menos de dos semanas de las elecciones en cuatro entidades, está claro que el gran perdedor fue el Instituto Nacional Electoral. El INE dejó pasar la oportunidad de acumular capital en esta escala para llegar fuerte al proceso del 2018. En vez de eso el Instituto perdió peso y quedó tocado de cara a la próxima elección.

Porque una cosa es que el perdedor de un juego critique al árbitro cosa que resulta previsible y otra que todos los integrantes de la liga cuestionen su papel, excepto el que salió ganador. Y eso es justo lo que está pasando. En Coahuila, por ejemplo, hay un frente conformado por panistas, morenistas e independientes que ha anunciado que este miércoles presentará la solicitud de anulación.

En tanto en el Estado de México ya no sólo es Morena quien pide la cancelación de cinco distritos, sino hasta el PAN y el PRD exigen que se reponga el proceso por considerar que hubo violaciones durante toda la campaña, incluyendo el excesivo gasto del PRI.

¿Que ha hecho el INE ante este escenario? Refugiarse en un discurso legal que no le abona a nadie. Porque si bien es cierto que hay muchas tareas que tocan a los organismos electorales locales, la realidad es que la mayoría de los ciudadanos no tiene claro quién es responsable de qué área y lo único que percibe es que la máxima autoridad electoral del país no pudo señalar nunca lo que a la vista de todos ocurría: la presencia del gobierno federal durante la campaña, el reparto de regalos, el uso de los programas sociales, etc.

A eso se agrega que el INE ahora pide a los partidos que critican el resultado que presenten pruebas. Si bien su postura puede apegarse a la letra de la ley, no va en el sentido de su espíritu. Porque el INE no debe ser sólo una oficialía de partes que recibe quejas sino una figura de autoridad que marque los abusos de los jugadores.

Más allá de que lo que digan Lorenzo Córdova o el resto de los consejeros, nadie puede ver como normal que al INE no le preocupe la operación de las casas de campaña del PRI, las amenazas a representantes de Morena o los evidentes y públicos vínculos de consejeros electorales de Coahuila con el gobierno priista de ese estado.

El tono legalista de los consejeros del INE puede ser impecable desde la lógica de los abogados, pero es un desastre en el sentido político pues en vez de crecer su rol lo empequeñece. Los consejeros no han sido voz de los ciudadanos sino meros administradores que afirman que todo salió bien como quien cuida más su trabajo que su prestigio. Y ni el Instituto ni los mismos consejeros se merecen eso.

El INE perdió el aval de muchos jugadores y votantes y esa es una muy mala noticia para el Instituto y para el país. Porque si ya vimos lo que hacen algunos por una gubernatura, no es difícil pensar lo que harán cuando sean la Presidencia de la República y el Congreso los que estén en juego.

Si a eso agregamos que en nueve estados terminan los actuales gobernadores, más los que renuevan alcaldías y congresos locales, es claro que el INE se encamina a la elección más complicada de su historia y lo hace desde una posición de debilidad.

Por eso era tan importante que actuara en estos estados y por eso es indispensable que haga una autocrítica hasta ahora inexistente.

Los mexicanos necesitamos con urgencia un proceso electoral 2018 confiable, en el que todos podamos asumir que el juego fue limpio y que el ganador será quien tuvo más votos obtenidos dentro de la ley. Y eso hoy no lo tenemos en el horizonte. Tocará al conjunto de la sociedad presionar en los próximos meses para que el árbitro vuelva a serlo porque de lo contrario, el conflicto que nos espera será mucho más grande de los que hemos vivido hasta ahora, con implicaciones para la vida política, social y económica.

Porque aunque algunos creen que podemos regresar varias décadas de un golpe, el país es otro y no estamos ya para aguantar un cochinero que termine por enterrar nuestra poca fe en la democracia y en las instituciones que tantos años nos tardamos en construir.