En una quizá caprichosa decisión editorial, en las páginas de Arte, ideas y gente dejé sólo como un llamado a nuestra página de internet la nota de que el INAH se siente orgulloso por estar considerado al Premio Príncipe de Asturias en la categoría de Comunicación y Humanidades.

Y a mí, como me pasó con la UNAM, no sólo cuando la nominaron, también cuando le dieron el premio, me dio un poco de pena.

Y es que no resisto la estupidez de poner a competir a nuestro Instituto Nacional de Antropología e Historia, con todos sus investigadores, instalaciones y el patrimonio que resguarda para la nación, contra una persona como el escritor Tom Wolfe, por poner un ejemplo de entre los finalistas de este año.

Qué vara de medir tan versátil han de tener los jurados como para usarla para hacer un balance entre personas e instituciones.

Es como si para conseguir el Nobel de Física los investigadores tuvieran que competir contra la NASA.

Lo peor es que esta posibilidad de que compitan personas e instituciones a la par no se da en todas las categorías del premio. Salvo la ocasión en que se le dio a Puerto Rico el premio de Letras (por haber nombrado al español su único idioma oficial), todas las demás han sido para escritores.

Algo muy similar sucede con el de Investigación Científica y Técnica, que sólo en una ocasión se ha entregado a una institución. Cinco mexicanos lo han ganado: Emilio Rosenblueth, Pablo Rudomín, Ricardo Miledi, Guido Münch y Francisco Bolívar (de quien hoy publico una nota muy grande, a diferencia de la del INAH), pero lo pudieron hacer porque no estaban compitiendo contra el MIT, el CERN, la Universidad de California (en su parte científica) o el Instituto Max Plank (del que el chiapaneco Münch fue director, por cierto).

¿Que por qué no competían contra esas instituciones? Muy fácil, porque éstas no se postularon a sí mismas.

Así es, para recibir uno de estos premios hay que postularse o ser postulado por una institución. Y parece que las grandes instituciones científicas del mundo se sienten lo suficientemente seguras de sí mismas como para que les importe un pepino si reciben el Príncipe de Asturias o no.

Así pues, haciendo berrinche no puedo sino retomar una pregunta que le escuché a un distinguido universitario cuando supo que la UNAM se iba a postular para el premio español:

¿Y quién es el Príncipe de Asturias para andar reconociendo a la UNAM?

Y mejor no contesto quién es quién, porque con lo antimonárquico que soy y mi corazón universitario (sí, le voy a los Pumas, pero la universidad es mucho más que su equipo de futbol, así que no diré mi corazón puma ) para que quieren...

Ningún cariño desmedido o enloquecida pasión me ata al INAH, así que, si no fuera porque temo herir a todos los talentosos y esforzados investigadores que ahí trabajan, diría que espero que gane Tom Wolfe.