Es para encender las luces de alerta que en el Fondo Monetario Internacional haya tanta preocupación por la situación de las cuentas fiscales en México

Varias veces en este espacio editorial  —lo confieso con todo arrepentimiento— he expresado una opinión negativa a la idea de que en México se establezca un Consejo Fiscal Independiente. Es decir, un órgano colegiado autónomo en el que se dé seguimiento a la marcha de las finanzas públicas y la opinión pública pueda contar con mayor transparencia y oportunidad para conocer la situación de las cuentas fiscales. Tal vez si hubiera existido esa instancia institucional los gobiernos de Echeverría y López Portillo no se hubieran podido lanzar con tanta facilidad a sobreendeudar a México en la forma en que lo hicieron.

Es para encender las luces de alerta  que en el Fondo Monetario Internacional (FMI) haya tanta preocupación por la situación en que se encuentran las cuentas fiscales de México. Apenas a principios de esta semana, una representante de la Jefatura de Políticas Fiscales del organismo opinó en Washington que el gobierno de México requiere involucrarse, desde ahora, en un esfuerzo de reforma fiscal a fin de “evitar futuros desequilibrios y colocar la deuda en una senda descendente”. De manera paralela, recientemente que se aprobó la ley de ingresos, fuimos testigos de las muy fuertes presiones que existen en el frente fiscal. Tantas, que la propuesta original de un superávit primario de 1.3 % del PIB quedó reducida al final a tan sólo 0.7 por ciento. Al respecto, el subsecretario de Hacienda, Gabriel Yorio, pidió en su más reciente comparecencia ante la Cámara de Senadores respetar esa meta bajo pena de que “la deuda del país se pueda elevar y que los ingresos del gobierno se vean más presionados”. Más claro, ni el agua.

Y en ese contexto, el FMI volvió a insistir en una tesis que no es nueva respecto a que el plan de negocios que ha presentado Pemex, con su proyección de crecimiento para la producción,  parece demasiado optimista y únicamente podrá cumplirse mediante inyecciones adicionales de capital. Es decir, Pemex seguirá siendo una amenaza latente para la estabilidad de las finanzas públicas. Así será, a menos de que —¡herejía flagrante a la vista!— se vuelva a reconsiderar la posibilidad de que el sector privado participe en el sector, además de la desincorporación de activos no básicos. En suma, México tiene en el frente de las finanzas públicas una bomba de tiempo. ¿Qué se piensa hacer al respecto?

Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico