La ignorancia es enemiga férrea de la política. Pero la ignorancia histórica, es una catástrofe para cualquier político. De otra manera, el político de a pie siempre considera que con él comienza de verdad, el mundo, las ideas y las soluciones.

En su conferencia de las mañanas del 20 de noviembre el presidente incurrió en una cantidad de imprecisiones históricas que podríamos dedicar dos paginas de este diario a hacerlas explicitas y corregirle la plana. De ningún modo, me propongo hacerlo. Que flojera explicarle a un necio y un convencido de su propia voz, en que se equivoca y en qué no.

Hay, sin embargo, en su mañanera del 20 pasado, un detalle interesante. Después de años de repetir cantaletas y complacer al público con sus gracejadas, que le han dado tanta popularidad, por fin definió en que consiste la 4T. Algunas las hemos oído todas las mañanas. Algunas en sus discursos. Pero a falta de un documento, declaración explicita o hasta un cuento con monitos o caricaturas, su expresión resulta interesante.

Estimados lectores, la 4T consiste en lo siguiente. El gran cambio y la transformación de nuestro país descansa en 6 objetivos.

  1. Acabar con la corrupción.
  2. Acabar con la impunidad.
  3. Qué el presupuesto le llegue al pueblo.
  4. Acabar con los intereses creados y que se acabe con la relación que tiene el poder económico con el político y que unos cuantos gobiernen México y le impongan sus condiciones.
  5. En medio del proceso mantener libertades, y
  6. Mantener principios y mantener ideales.

Nadie en su sano juicio puede estar en contra de estos puntos, apenas esbozados la semana pasada con claridad y con orden. El problema es ¿cómo llegamos a su realización?

Es conocida la infinita desconfianza que AMLO le tiene a las instituciones. Prefiere soldados que obedezcan ordenes, que burócratas con quienes discutir circunstancias de tiempo, lugar y forma. Seguidamente AMLO detesta tener que seguir reglas. Para él, desde su personal moralidad, todas las reglas de gasto y operación institucional, deberían desaparecer. Y finalmente, el cree que se gasta demasiado entre lo que tiene el gobierno y lo que le llega a la gente en términos de salud, vivienda, educación y todos los demás servicios públicos que pagamos con nuestros impuestos.

Pero el problema en realidad está en otro lugar. El Presidente no entiende que son las instituciones y su orden regulado, lo que da certezas al resto de los actores sociales para su operación. AMLO no quiere aceptar que los servidores públicos tienen que seguir reglas o ser sometidos a juicios penales o administrativos. Andrés Manuel no entiende que no porque el se crea bueno y limpio, las leyes y las reglas puede pasárselas por el arco del triunfo y, para efectos prácticos, asombra que siendo su discurso, el de primero los pobres, en realidad todas sus políticas son las que más han impactado y lastimado a ese sector, el de los pobres. Precisamente, por no querer seguir reglas y no aceptar mandatos de ley, sino su propia y majestuosa voluntad.

Las consecuencias, sin embargo, las habremos de pagar todos. Ni menos ni más, pero todos al fin.

 

Miguel González Compeán

Abogado, politólogo y economista

Columna invitada

Ensayista e interesado en temas legales y de justicia. actualmente profesor de la facultad de derecho de la UNAM.

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