Increíble: por las torpezas del equipo que maneja la comunicación en Los Pinos y por la inclinación psicológica de los mexicanos a idolatrar a bandidos, el Chapo le está ganando al gobierno la guerra mediática. En la confusión, hasta los observadores más perspicaces se han dejado llevar por la corriente, perdiendo de vista el problema central. Éste no es, desde luego, si debe o no extraditarse al delincuente o qué fue lo que le dio la actriz Kate del Castillo en contrapartida por la entrevista, la promesa de la película y los regalos que aquél le hizo llegar previamente.

El gran tema de nuestros tiempos en México es otro: el de la vinculación y la complicidad de los actores de la política nacional con los narcotraficantes y bandas delincuenciales. Ése es el tema al que, con mejor puntería, deberían estar apuntando los periodistas y reporteros en la coyuntura y, con una visión más larga, los analistas y politólogos.

Para ningún mexicano es secreto la rapacidad de los políticos locales. El mal es congénito sin distinción de partidos, grupos o edades. La novedad histórica fue inaugurada oficialmente por Carlos Salinas, a través de su hermano Raúl. Y la brecha así abierta fue transitada gozosamente por muchos sucesores, por dos razones profundas: por la impunidad implícita no pasa nada porque nuestros contlapaches políticos nos protegen y por algo que es el punto de interés para nosotros: las ganancias por esa forma de corrupción son mucho mayores que las que ofrecía la venalidad en sus formas tradicionales: comisiones por las obras que se realizaban o por permisos otorgados, la compra de terrenos por donde va pasar una carretera, etcétera.

Hipótesis para algún investigador: la fortuna personal de Carlos Salinas debe ser mucho mayor que la que pudo acumular en su momento de mayor riqueza el expresidente Miguel Alemán prototipo en el imaginario colectivo de la corrupción priista. Hipótesis para algún reportero audaz: aparte de haber nacido ahí, de su arraigo natural y de los muchos contactos locales que debe haber cultivado, en su segunda escapatoria, el Chapo se fue a refugiar a Sinaloa por otra razón importante: por los contactos personales que tenía con el gobernador Malova y por la protección que éste podía extenderle discretamente. El problema es que se atravesó en sus planes un clamor público que el gobierno federal no podía ignorar.

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