El próximo presidente de México, Enrique Peña Nieto, al asumir su cargo, el 1 de diciembre, tiene que resolver muy pronto, con acciones y símbolos válidos y creíbles, tres dudas que la mayoría de los mexicanos tiene sobre el nuevo gobierno federal.

La primera es que debe convencer a una buena parte de la ciudadanía, 62% que no votó por él y sí lo hizo por otros candidatos, que realmente va a gobernar para todos y no sólo para los suyos o los que votaron por él.

Hay dudas razonables por parte del electorado de que esto sea así.

La constitución del gabinete puede ser un mensaje contundente que ayude a resolver esta incógnita. Si incluye a personas que no pertenecen a su partido y tienen reconocimiento social puede ser un buen símbolo de que no sólo gobernará con los suyos y que hará un gobierno para todos.

Uno de los errores del presidente Felipe Calderón fue armar un gabinete constituido sólo por amigos de su círculo más cercano, que pronto reveló sus límites. El presidente Peña Nieto no puede repetir ese error y si lo hace le puede costar tanto o más que a Calderón.

La segunda es el temor instalado en una buena parte de la sociedad que la vuelta al PRI implica el regreso de prácticas del pasado entre ellas, sólo para mencionar algunas, el autoritarismo, la corrupción, la impunidad y los favoritismos personales a la hora de repartir cargos y otorgar contratos.

El presidente Enrique Peña Nieto tiene que dar muestras claras que la vuelta al pasado no es sólo imposible, por el desarrollo del propio país y el avance de la conciencia ciudadana, sino porque hay una voluntad decidida de su parte para que la rueda de la historias no camine hacia atrás.

La tercera es que debe demostrar la real existencia de un nuevo PRI, no sólo en el discurso, sino por la vía de los hechos. La manera que se ha comportado el PRI en la reforma laboral no revela la existencia de un nuevo partido con mentalidad moderna y progresista, sino más bien, por la razón que sea, muestra lo contrario.

El discurso que enarbole el presidente Peña Nieto, pero sobre todo las acciones que emprenda, deben dar cuenta, para que sea creíble, de que en verdad existe un nuevo y desconocido PRI, que se irá descubriendo en el ejercicio diario de la Presidencia por él encabezada.

Las dudas son razonables y tienen origen en una historia de 72 años y el nuevo Presidente está obligado a despejarlas, para su bien, pero en aras de poder avanzar, con el apoyo ciudadano, en los proyectos de gobierno que se proponga a lo largo de su gestión.

Es evidente que no es lo mismo gobernar con la anuncia de la gran mayoría de los ciudadanos que sólo con la simpatía de parte de la misma. Ése es el punto y la solución de las dudas depende de lo que haga o deje de hacer el presidente Peña Nieto.

Twitter: @RubenAguilar