La historia de cómo la esposa alemana descubrió al desobligado griego es más conocida. El problema es que hoy están al borde del divorcio monetario y eso es grave.

El enamoramiento de la zona euro fue muy profundo y, como sucede cuando se sigue más al sentimiento que a la razón, todos se dejaron llevar por el deseo de integrar una unidad, pero sin ponerse a reflexionar si realmente podrían mantener la unión en el futuro.

Los felices contrayentes de la unidad monetaria sabían de las reglas para la convivencia feliz y para siempre del euro: fianzas sanas, deuda controlada, aumento de la productividad y muchas otras cosas que sí estaban en el contrato matrimonial.

Pero nada pareció importar cuando el sentimiento de aspirar a una Europa fuerte, única, competitiva frente al mundo, líder y moderna los invadió y los hizo firmar esa alianza.

Se fueron creando castillos en el aire, los planes del futuro nunca pasaron por preguntar a los nuevos socios si tenían realmente la capacidad y el deseo de superarse hasta conseguir los objetivos.

Como suele suceder, tras la cortina del amor intenso se esconden los peores vicios: la Alemania inflexible y regañona, los PIIGS gastalones y desordenados, los países nórdicos más bien ermitaños.

Después de la boda y el nacimiento de la poderosa moneda europea, empezaron los problemas. Los más ricos de la unión impusieron el estilo de vida y, ciertamente, ayudaron con recursos para que los menos desarrollados pudieran alcanzar ese nivel de vida.

Sólo que, para mantener ese ritmo de vida que no conocían, necesitaban trabajar mucho, realmente emparejarse en los niveles de productividad y eficiencia de sus socios.

Los votos de los contrayentes ricos fueron ayudar a crecer a los más pobres, mientras que éstos prometieron trabajar muy duro para vivir felices para siempre.

Y es que este matrimonio implicaba juntar no sólo a países de diferente clase social, sino diferentes costumbres, cultura y hasta religión. Y todo unido sin la base de un contrato prematrimonial sólido, rotundo y muy claro. Todo se unió por la fuerza del amor de lograr una Europa sólida.

No pasó mucho tiempo antes de que países como España, Italia o Grecia se dieran cuenta de que con su nuevo apellido tenían acceso al crédito y la fama suficiente como para decir: Gasto ahora; pago después .

Con el dinero que sacaban del monedero de los mercados a nombre de la unión, ya no hacía falta trabajar tan duro para alcanzar a los más ricos. El progreso y el desarrollo llegó, aunque en el clóset escondían los abultados desequilibrios.

La historia de cómo la esposa alemana descubrió al desobligado griego es más que conocida. El problema es que hoy están al borde del divorcio monetario y eso es algo muy grave.

En esa separación habrá muchas consecuencias para todos dentro de la unión, pero también hacia afuera, entre los otros bloques económicos invitados a la ceremonia de unión, hace no mucho tiempo.

Y, quizá, bajo la vieja receta de argumentar diferencias irreconciliables, estaríamos en la antesala de la ruptura.

Aunque Alemania, que hoy ha sacado su carácter y pega de gritos y exigencias, le ha dado oportunidad a los desobligados de entrar en una terapia de rehabilitación fiscal, lo cierto es que la medicina es muy amarga. Al menos los griegos parecen desa­nimarse y podrían ya no querer seguir casados con la unión monetaria europea.

Y quizá no saben lo que hacen porque, sin el apellido y sin pagar lo que deben, no volverían a obtener crédito ni en la tienda de la esquina.

Por lo pronto este pasado fin de semana, al interior de Grecia, los políticos locales discutieron si aceptan apretar más las medidas de austeridad para tener acceso a la chequera del mundo.

Desde Alemania, cada día les hablan más fuerte; dentro, la presión social es cada vez mayor con huelgas y violencia callejera. Desde la política helena se hacen cálculos electorales para abril y desde los mercados temen que no puedan recuperar ni siquiera una parte de todo lo que confiaron en préstamos a este cónyuge europeo.

Lo más probable es que este Día del Amor y la Amistad no se manden flores ni cartas de amor como antaño.

Es muy probable que se escuche cómo vuelan los platos y las bombas molotov en las calles de Atenas. Y, en una de ésas, no estaríamos tan lejos del anuncio del divorcio más famoso y costoso del siglo: el de la unión monetaria europea y Grecia.