Opinión

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Discriminaciones 2018

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Por Lucía Melgar

La reciente Encuesta Nacional sobre Discriminación (Enadis 2017) presenta un sombrío panorama de la sociedad mexicana. Los factores por los que se margina, maltrata o excluye parecen multiplicarse a medida que aumenta la diversidad. A los rasgos “tradicionales”, como el sexo, la pertenencia de clase o étnica, la orientación sexual, parecen añadirse (o se miden mejor) nuevas características que a ojos de unos u otras bastan para “hacer menos” o “ver mal” a los demás.

El fenómeno no es nuevo. Arrastramos, al menos desde la Colonia, una sociedad estratificada donde la diferencia se traduce en desigualdad y ésta da pie, por prejuicio y costumbre, a la exclusión o a la restricción de los derechos de aquéllos a quienes vemos un peldaño más abajo. Si como escribiera José Blanco, la discriminación aquí se da “en escalera”, pareciera que los peldaños se multiplican para separarnos más a unos de otros, en función de criterios más y más arbitrarios, y absurdos: el aspecto, el tono de piel, la estatura, el peso, la religión, la discapacidad física o mental, el VIH/SIDA, la identidad de género, la nacionalidad... por sólo nombrar parte de la larga lista que explicita la Ley para prevenir y sancionar la discriminación (en su reforma del 2014). Todo esto en un país diverso y multicultural, con alta concentración de la riqueza, pobreza extrema, obesidad, deficiencias en servicios de salud, catolicismo en declive, una población LGBTTI cada vez más visible y grupos de mujeres jóvenes que ya alzan la voz contra la exclusión machista.

La multidiscriminación no se evidencia sólo en una lista cada vez más larga de factores de prejuicio. Como sabemos, las discriminaciones se entrecruzan y superponen. Cada cual puede ser discriminada por un conjunto de rasgos interpretados como indicios de inferioridad y transformados en estigma, en marcas que justifican menospreciar, maltratar, excluir a quien no es “como yo” o “como debe de ser”. Así, quien ya es discriminada por ser mujer, puede serlo más si es indígena y pobre o lesbiana o vive con discapacidad o es madre soltera o cristiana. A más señas de identidad “sospechosas”, mayor riesgo de discriminación. Y el ser discriminada no impide discriminar a su vez.

Uno de los ámbitos donde la discriminación en principio se podría prevenir y eliminar de manera más efectiva es el mundo del trabajo, sujeto a normas basadas en el principio de igualdad. Por la inercia de una cultura laboral autoritaria, proclive a socavar los derechos laborales, la discriminación, aunque prohibida, persiste y adquiere rasgos que, si no dañaran, serían grotescos. Si no desde la convocatoria para un puesto, sí en la entrevista, en el momento de la contratación y luego en el día a día, hay quienes pretenden imponer un modelo a la medida de sus prejuicios: exigir que las aspirantes a un puesto docente usen talla cuatro o seis o que las empleadas usen zapatos, de preferencia de tacón, cuando los empleados pueden usar tennis; pensar que los jóvenes con algún tatuaje o piercing sólo pueden trabajar, si acaso, en el archivo, fuera del ojo público; impedir la entrada a quien viste traje indígena o descalificar por el acento o la nacionalidad —“ni siquiera la vamos a considerar”. Podríamos multiplicar los ejemplos (verídícos), pero sería trivializar en lo anecdótico conductas y decisiones que cierran puertas y dañan vidas. Si bien en las instituciones y empresas la discriminación debe sancionarse, eso no basta. El problema es más hondo. Si las leyes se aplicaran y si hubiera más denuncias, al menos en algún ámbito se acotaría el poder del prejuicio convertido en acto; podría limitarse el daño de la discriminación con efectos legales. Quedaría fuera, sin embargo, el ancho mar del prejuicio social que no se traduce en la negación de un empleo formal, de un servicio o de una oportunidad escolar, pero que mina, a menudo desde la infancia, las posibilidades de desarrollo personal, emocional, intelectual, laboral, de millones de personas, aun entre quienes son o parecen a ojos de otras más “privilegiadas”.

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Lucía MelgarEs profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con...

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