Lo que demuestra que la risa está bastante cerca de la muerte...

Umberto Eco, El nombre de la Rosa

¿Tiene dios sentido el humor? La pregunta parece un chiste, pero a raíz del atentado contra el semanario satírico francés Charlie más vale que lo averigüemos. Lo que es incuestionable es que, en el caso de que dios, efectivamente, no tenga el más mínimo sentido del humor somos muchos los que terminaremos en el infierno cuando muramos, pero nunca, jamás, en ningún credo, dios te va a matar y anticipar tu llegada al averno por un mal chiste.

Esto que parece una tontería no lo es. El gran problema de los fundamentalismos, en todas las creencias, es que se apropian de la voluntad de su dios y convierten su propia frustración en deseos divinos. Los fundamentalistas crean a dios a su imagen y semejanza, y asumen que dios piensa como ellos, odia lo que odian ellos, hace justicia y mata a través de ellos.

Pocas cosas irritan tanto a un fundamentalista como el humor. En el memorable capítulo de El Nombre de la Rosa en el que Jorge de Burgos y Guillermo de Baskerville discuten sobre la risa, Burgos, que es un fundamentalista perfecto y asesino serial, condena la risa porque, dice, fomenta la duda (antítesis del fundamentalismo) y argumenta que al reír el necio (léase hereje, descreído, nihilista, ateo, liberal) dice implícitamente 'Deus non est' (dios no existe) . Para el fundamentalista, pues, el humor es veneno puro y de ahí el encono con los caricaturistas, ahora de franceses, pero igual antes fueron antes alemanes, ingleses, mexicanos.

El argumento con el que actúan los fundamentalistas es que los cartones ofenden sus creencias, asumiendo falsamente que las creencias tienen derechos. Los derechos son siempre de los individuos, nunca de las ideas o de las instituciones que las promueven. Las iglesias y sus jerarcas suelen confundir el derecho de creencia de sus fieles con el derecho de sus líderes o de las propias instituciones a dictar lineamientos morales, y lo que es peor, a interpretar simultáneamente los deseos de dios y de su feligresía. Un cartón, un escrito, una obra de arte nunca ofende a nadie en particular porque no tiene destinatario. Hay quien puede sentirse ofendido, que es distinto, y tiene todo el derecho a no ver o leer aquello que le ofende, pero nunca a censurar, mucho menos a matar o agredir a quien lo produce.

Quién no le guste una publicación que no la compre; quien no quiera ver una exposición de Vírgenes de Guadalupe alteradas que no vaya a la galería; quien no le guste el contenido de la televisión que le cambie de canal; quien no se quiera reír de si mismo y del mundo que no compre Charlie Hebdo, pero defendamos hasta el límite la libertad de expresión y el derecho a reír.