El error consiste en presuponer que los gobernantes que han accedido al poder a través de las instituciones no pueden modificar ni destruir esas mismas instituciones —aunque eso sea exactamente lo que han anunciado que van a hacer—. Timothy Snyder, Sobre la tiranía...

El ataque del pasado 6 de enero contra el Capitolio de Washington y sus legisladores pudo ser de mayores consecuencias a los cinco muertos, la violación del hemiciclo, la invasión de la presidencia y el vandalismo contra oficinas e instalaciones: cuelguen a Pence, busquen a Pelosi; vociferaban los vándalos.

Y vaya que no bromeaban, el patíbulo estaba dispuesto en las afueras, para fortuna del Vicepresidente y de la líder de la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes, el Servicio Secreto ya los había desalojado del salón de sesiones.

La turba obedeció la voz del amo, Donald Trump los lanzó a marchar por el corredor que conecta a la Casa Blanca con el Capitolio para exigir la reivindicación de un supuesto fraude electoral que fue desestimado en 60 ocasiones por la Corte Suprema y tribunales menores.

Terrorismo interno, sedición e insurrección fueron los calificativos posteriores que derivaron en la petición para que el Vicepresidente aplicara la enmienda XXV de la Constitución de Estados Unidos contra el presidente Trump, moción que rechazó Pence.

La insurrección contra el Capitolio es el corolario de cuatro años de excesos de Donald Trump, quien desde el primer día de su mandato dividió, desató una furia contenida de los supremacistas que aguardaban la oportunidad para manifestarse. Desde la Casa Blanca fueron recibiendo mensajes, primero de tolerancia y después de acción.

Pero si bien es cierto que el presidente Donald Trump ha estado a la cabeza, hay corresponsabilidad del Partido Republicano, cuyos líderes apoyaron y defendieron las acciones del mandatario. Los líderes en las dos cámaras fueron férreos, defendieron al presidente hasta la ignominia.

Obscuros personajes saltaron a la fama, protagonizaron ataques contra las minorías, promovieron violaciones a las libertades y hasta disimularon ante asesinatos y masacres.

Steve Bannon, Roger Stone, Stephen Miller, Rudy Giuliani, Paul Manafort, David Nunes; son solo algunos nombres que a lo largo de los últimos cuatro años estuvieron al lado de Trump en episodios como la trama rusa, el juicio político, las presiones contra Ucrania, los niños migrantes enjaulados o los ataques contra los medios de comunicación.

Renglón aparte merece el senador por Texas Ted Cruz, quien fue objeto de las más crudas burlas de Donald Trump en la campaña presidencial, igual hizo mofa de su padre que de su esposa; a la postre Cruz se convirtió en fiel defensor del mandatario.

El Partido Republicano tendrá que hacer una profunda revolución interna, entender que el conservadurismo no resiste los extremos, admitir el daño que le hicieron el Tea Party, el dinero de los Koch o los Mercer y los aventureros que sacudieron el legado de Abraham Lincoln.

Dios ama a Estados Unidos y al mundo porque los libró de cuatro años más de Donald Trump, quien si no tuvo freno para lanzar las hordas contra el epicentro de la democracia estadounidense tampoco lo habría tenido para oprimir los botones que Nancy Pelosi aludió cuando le pidió al Jefe del Estado Mayor Conjunto: “las precauciones disponibles para evitar que un presidente inestable inicie hostilidades militares y que tenga acceso a los códigos de lanzamiento, capaz de ordenar un ataque nuclear”.

jnaveja@eleconomista.com.mx

Juan María Naveja

Comunicador

Al Margen

Es analista, consultor y conferencista. Autor del libro Periodismo Radiofónico una Revisión Inconclusa, Editorial Porrúa y Coautor de Comunicación Política 2.1 modelo para armar, Editorial Etcétera.

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