La queja de la izquierda no es contra las supuestas prácticas indebidas del PRI. Su coraje es que no ?contaron con el mismo dinero que sus competidores.

México merece una izquierda moderna y progresista, que abogue y legisle por las causas de gran parte ?de la población que tiene limitada su prosperidad.

Con esa expresión, tanto Andrés Manuel López Obrador, como quien fuera su coordinador de campaña –Ricardo Monreal- han tratado de justificar la causa que derivó –según ellos- en la inequidad de la contienda presidencial y que explica su segunda derrota consecutiva para obtener la Presidencia por la vía constitucional.

Más que denostar las prácticas que conllevan a influir indebidamente en el voto de quienes viven en la pobreza, la crítica se carga en los exorbitantes montos erogados en la campaña. No les duele el cómo, les duele el cuánto.

La queja no la dirigen contra las supuestas prácticas indebidas realizadas por el PRI, ya que es claro que la mal llamada coalición progresista –al igual que lo hizo el PAN- también regaló despensas, ropa, sacos de cemento y tortas (o sangüis como les decía Josefina).

La coalición lopezobradorista –al igual que el PAN- también acarreó gente a plazas y estadios con gorras y camisetas, también pasaron charola entre empresarios y coaccionaron el voto de servidores públicos.

La queja no apunta hacia el método. El coraje es que –según ellos- no contaron con el mismo dinero a raudales que sus competidores. Al final, se trata de un tema complejo.

La previsión de López Obrador no era la de ganar la contienda, sino la de no perderla por un margen tan amplio. López Obrador no pretendía realmente convertirse en Presidente.

Ello conllevaría, en adición al desgaste que implica la responsabilidad de gobernar, el correr el riesgo –real e inminente- de hacerlo sin resultados y sumarse al desprestigio que históricamente acompaña a muchos expresidentes.

Su intención manifiesta es la de crear un grupo de duros , de seguidores incondicionales, de votantes de fidelidad casi religiosa, que ofrecen un número considerable de sufragios en cada proceso y se traducen, para las oscuras fuerzas que dirigen al Partido del Trabajo, al Movimiento Ciudadano (antes Convergencia) y a las tribus del PRD que lo apoyan, en posiciones políticas que producen, ésas sí, dinero a raudales.

Para crear este séquito de incondicionales, nada mejor que perder las elecciones por un voto, argumentar todo tipo de fraudes y generar entre sus seguidores este sentimiento de inconformidad y de rabia que produce el sentirse robado.

Lo curioso es que su ejército de fieles se aderece de gente que se dice de izquierda. Para las izquierdas de otras latitudes (Francia, Uruguay, España, Italia, Chile, etcétera), les ha de generar extrañeza saber que la izquierda mexicana está liderada por un personaje reaccionario que claramente se opone a una agenda liberal (como la impulsada por Marcelo Ebrard) en temas como el matrimonio entre personas del mismo sexo, el derecho de adopción para esas parejas, la despenalización del aborto y la legalización de algunas drogas; un personaje que añora el modelo económico de los 70 con monopolios estatales, economía centralizada, subsidios generalizados, con un presupuesto no generador de riqueza sino meramente redistributivo, financiado por deuda y los impuestos de algunos cuantos –entre los que no están sus electores.

México merece una izquierda moderna y progresista, la cual abogue y legisle por las causas de gran parte de la población, que tiene limitadas posibilidades de prosperidad y no una izquierda que se rige por estructuras claramente antidemocráticas con líderes como Alberto Anaya, Dante Delgado o Jesús Zambrano, una izquierda que sólo ha podido postular en un cuarto de siglo a dos candidatos a la Presidencia y proponer ahora –bajo una bandera progresista- a Arturo Núñez para gobernar Tabasco y a Manuel Bartlett para senador, quien aun habiendo perdido claramente la elección directa en Puebla, se acomodará en un escaño por la vía plurinominal para oponerse a las reformas estructurales.

Nuestro país merece una izquierda que no sea igual de dogmática que el PAN, fuerza con la que comparten esta misión de sentirse dueños de la conciencia colectiva para decirle a la sociedad lo que está bien y lo que está mal.

El proyecto de López Obrador, no el de anular la elección (lo cual no tiene posibilidad jurídica alguna), sino el de desprestigiar el proceso electoral, está muy cerca de cristalizarse: seis años después ha logrado una nueva fuerza de adeptos que creen que les robaron las elecciones y que, sin sujetarse al control de las costosas estructuras corporativas, habrán de votar por las coaliciones progresistas en las elecciones del 2015. La izquierda debe aprender a vivir democráticamente.