Los electores estadounidenses completarán el proceso de elección de los delegados que habrán de decidir ?quién será el Presidente de Estados Unidos.

Más allá de lo que hagan el vencedor y el vencido, ?la exigencia se traspasa de inmediato al Congreso.

Llegó, finalmente, el día. Mañana, los electores estadounidenses completarán el proceso de elección de los delegados que habrán de decidir quién será el Presidente de Estados Unidos durante los siguientes cuatro años.

Los errores y aciertos de los últimos días, que son los que cuentan en el ánimo de los indecisos, quedarán de manifiesto en el resultado final que habremos de conocer cuando el mapa estadounidense se pinte de azul o de rojo en los seguimientos mediáticos.

Y a partir de ahí, a lo que sigue. Si gana Barack Obama, la continuidad. Si vence Romney, tiene que empezar por saber dónde está el baño del Salón Oval.

Pero, más allá de lo que hagan el vencedor y el vencido en esta contienda presidencial, la atención, la exigencia, se traspasa de inmediato al Congreso.

También, a partir de mañana, habrá una nueva recomposición de la Cámara de Representantes y del Senado, que por lo cerrado de las encuestas no habrá de cambiar mucho los delicados equilibrios entre demócratas y republicanos.

Ya perdieron el tiempo los dos partidos durante muchos meses pensando en el día de mañana. Invirtieron su tiempo y sus acciones políticas en el impulso de sus ideas partidistas en una de las contiendas más polarizadas de los últimos tiempos.

Y eso se acabó. A este año le quedan poco más de siete semanas y es todo el tiempo del que disponen antes de que, en automático, entre en vigor un plan de ajuste fiscal que inevitablemente regresará a Estados Unidos a la recesión.

El precipicio fiscal es producto de la falta de acuerdo entre demócratas y republicanos para diseñar un plan de ajuste fiscal más moderado y efectivo que les permita pagar lo que deben y dejar de gastar lo que no tienen.

El plan de emergencia que entra en automático es un ni-tú-ni-yo en el cual se ajustan las dos variables del problema: el ingreso y el gasto.

Los republicanos pugnaban por equilibrar el déficit fiscal a través del recorte presupuestal de los programas sociales de asistencia social, en especial, los favoritos de Obama: MediCare y MedicAid.

Los demócratas centran su estrategia en un incremento en los impuestos a los estadounidenses de más altos ingresos, a través de eliminar muchos privilegios fiscales de los que han gozado desde los tiempos de Bush.

El proyecto Buffett -donde el millonario Warren Buffett le suplica al gobierno que le cobre más impuestos porque es injusto lo que paga- es la base demócrata de su estrategia recaudatoria.

Y, en medio de estas dos posturas, una larga lista de planteamientos opuestos y algunos compartidos.

El precipicio fiscal es una combinación de las medidas más rabiosas de los dos bandos. En la parte tributaria, casi todos los sectores verían incrementados los impuestos que pagan, lo que les quitaría enormes cantidades de recursos disponibles para el gasto.

En la parte del presupuesto público, habría recortes de 600,000 millones de dólares, lo mismo en programas para los pobres que en gastos militares. Sería un rasero tan parejo como dañino para la economía de Estados Unidos y del mundo.

A partir de que se resuelva la elección presidencial, sea mañana con el conteo de los votos de los colegios electorales o sea con la decisión de la Suprema Corte, a partir de ahí, la visión tendrá que ser frenar la máquina que se enfila a gran velocidad al precipicio.

La deuda pública estadounidense está otra vez cerca del techo de endeudamiento, no tienen la calificación perfecta por parte de la principal firma calificadora del mundo, hay desconfianza del mercado sobre su capacidad política... En fin, no es un escenario sencillo.

A pesar de ello, hay tiempo y herramientas suficientes como para que puedan salvar el precipicio fiscal, no la corrección fiscal. Pero sí pueden tomar medidas no recesivas, sí restrictivas que hagan que en un par de años regresen los equilibrios a la economía estadounidense.

Si ganara Romney las elecciones, lo que considero poco deseable, el Congreso podría de entrada darle más tiempo para la entrada en vigor del precipicio fiscal, un par de meses para que se siente en el escritorio y se ponga a trabajar en el tema.

Si gana Obama, no habría prórroga, sólo el deseo de que todos entiendan que en sus manos está la suerte económica del mundo.

ecampos@eleconomista.com.mx