La reciente experiencia de los sismos, realizada por los dioses de la destrucción, advierte que ellos deciden cómo y cuándo hacerlos.

La experiencia mundial nos dice que básicamente 95% de los peores desastres naturales se han concentrado en los países del tercer mundo. La explicación se encuentra en que las zonas volcánicas más activas son las que poseen los suelos más fértiles. Las cenizas y lavas son excelentes nutrientes que regeneran suelos y ahí se concentra mucha población.

También los desastres naturales crean una solidaridad hacia el país afectado. Los medios de comunicación proyectan un impacto emocional positivo como se comprobó en Haití en el 2010, cuyo terremoto  mató a 100,000 personas.

O en Armenia, en 1988, que dejo 25,000 víctimas. Gorbachov, en esos momentos, pidió ayuda humanitaria a los norteamericanos, algo que no sucedía desde el final de la Segunda Guerra Mundial, y eso terminó con la Guerra Fría. La imagen de Rusia como Reino del Mal se vino abajo.

Otros terremotos importantes fueron el de Tokio en 1923, que mató a 142,000 personas; el de Perú (Chimbite) en 1970, que significó la pérdida de 50,000 vidas; el de China (Tangshan) en 1976, que tuvo 600,000 víctimas; y el terremoto de Irán (Zanjan), que provocó 40,000 muertes.

Antes de estos terremotos, hubo uno, el de Lisboa en 1755, que mató a 100,000 personas. Voltaire escribió un poema que se denominó “Poema sobre la destrucción de Lisboa”, en donde dice: “El pasado no es más que aquel triste recuerdo. / El presente es horrible si no hay un porvenir”.

Los terremotos de septiembre de este año en nuestro país no tienen comparación con los mencionados, pero se destacaron porque movieron el piso de la sociedad y de los partidos políticos.

La sociedad se volcó generosamente para ayudar al rescate de vidas y remover escombros. Los voluntarios y los Topos mostraron un comportamiento épico y se apoyaron en el Ejército y la Marina para coordinarse y ofrecer resultados fructíferos.

Los partidos políticos se distinguieron por planteamientos demagógicos ofreciendo lo que no es de ellos: el dinero, que por razones presupuestales se asigna a los partidos para sus gastos en las campañas electorales. Fuera de estas promesas, nada, y mucho menos el análisis de lo que el gobierno está considerando para apoyar la reconstrucción.

Los partidos políticos han perdido la oportunidad de vincularse con la sociedad en las tareas de reconstrucción. Olvidan que la política es el arte de lo posible y lo necesario. Su mediocridad está patente cuando el porvenir les abre sus puertas.

La sociedad, por el contrario, ha emprendido de manera seria y consistente la organización de apoyos de diversa índole. Si la generosidad se mide por la dificultad de dar, los grupos sociales sobresalieron con su modestia en ofrecer lo que podían dar. Es una ética de la solidaridad.

Frente a estos esfuerzos también surgió la banalidad del mal en la corrupción, el abuso y otras perversiones agudizadas por la precariedad de la población. Pero ello contrasta con las historias de bondad, de entrega y de sacrificio.

Sergio Mota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.