En una transición normal, nadie se sorprendería de que el asesor de seguridad nacional recién nombrado se pusiera al teléfono para hablar con un embajador extranjero, lo mismo ruso que chino.

Pero la de Trump no es una transición normal porque su equipo no ha llevado a cabo una transición normal. (Perdón por los pleonasmos.) Tampoco sus asesores de seguridad han emprendido una etapa normal. Por ejemplo, Michael Flynn, desde su llegada ya había despertado inquietudes sobre sus vínculos con Rusia, sobre todo por el antecedente de las campañas electorales, en particular la de Hillary Clinton. Los hackeos de información al partido demócrata movieron percepciones durante la contienda.

En este contexto, una llamada telefónica normal se convirtió en un escándalo, y Flynn lo sabía. La llamada en sí no necesariamente representa el cuerpo del delito, pero levanta sospecha de un quid pro quo: ¿Nos puedes ayudar con la elección a cambio del levantamiento de sanciones?

Esta hipótesis puede explicar la mentira de Flynn al vicepresidente y a la prensa. Esto podría explicar también la razón por la que Trump, teniendo conocimiento de los vínculos entre Flynn con Moscú, no le pidió la renuncia desde antes. Esto también explica la reacción de Trump, su pesar por la salida de Flynn pero no por el contenido de la llamada. Explica que el contexto de la llamada se ve mal en el sector político, y tanto Flynn como Trump lo saben.

¿Por qué Trump no levantó sanciones a Rusia desde que llegó a la Casa Blanca? Muchos, y en particular el Departamento de Estado, pensaban que estaba a punto de hacerlo; en Europa ya estaban preparando una respuesta. Al parecer, Trump guardó una orden ejecutiva sobre el tema por presiones de Mitch McConnell y John McCain. Muchas dudas.