El mundo de la fantasía es el que nos permite soñar con presentes distintos al nuestro. Es aquel universo al que llegamos cruzando un espejo o adentrándonos por un guardarropa, hasta llegar a donde los animales hablan, las brujas son el enemigo y un dorado camino nos conduce hasta la Ciudad Esmeralda.

Una cualidad común de estos relatos es la presencia de un héroe inesperado, la redención ante la injusticia a manos del personaje menos esperado. Casi siempre como parte del cumplimiento de una profecía.

Sí, estamos hambrientos de tener héroes que nos den la esperanza de un mundo más justo. Mujeres y hombres altruistas en los que podremos contar para salvarnos de las amenazas terrenales, espaciales e inter-dimensionales. La realidad es más cruda, los superhéroes no existen. Nunca veremos a Superman, a la Bruja Escarlata o a Yoda. Pero el hambre no merma, continúa corroyendo nuestro ser hasta convencerlo de haber encontrado el mejor representante de su arquetipo imaginario al justiciero capaz de sacrificarse por nuestro bienestar.

Así vamos convirtiendo a políticos comunes y corrientes en deidades terrenales infalibles o hacernos daño. De la noche a la mañana los convierten en seres omniscientes, conocedores de todos los aspectos de la vida y con un supuesto único propósito: ayudar a quienes los apoyan, a sus leales seguidores.

Desgraciadamente, es en los peores momentos cuando logramos ver la verdadera cara de algunos endiosados líderes. Aquellos que se esconden detrás de una estampita del Corazón de Jesús para no encarar una tragedia que devele toda su mediocridad. Aquellos que dan más importancia a treinta monedas de plata que a una vida y poco les importa condenarla con un beso. En los momentos de más necesidad es que erupcionan los fanatismos y se presumen los egoísmos.

Ya no hay disimulo al momento de ignorar a las masas y preocuparse por la fortuna personal. Tampoco ya es cuestión de religiones o climas. Weber lloraría en su tumba al ver a líderes del llamado primer mundo achicarse tanto. Por un lado, en la tierra de Hemingway, a un tarado preocupado por sus campos de golf. Por otro lado, vemos el derrumbe de un xenófobo cuando el sempiterno discurso de culpar al otro se agota pues el antiguo reino de Camelot no necesita odios sino una estrategia nacional para controlar y eventualmente erradicar una pandemia.

Claro que la estupidez es universal y por ende no conoce fronteras, climas o idiomas. Así, en el sur, en uno de esos lugares donde la magia de la música se mezcla con la música y la gran diversidad en tonalidades de la piel, ese gran marco que engalana la belleza del ser humano, también encontramos sátrapas que dan prioridad al dinero sobre el ser humano. No, no hablo del Caribe sino la tierra donde la paranoia de Bento Santiago ha logrado alzarse con la banda presidencial.

La defenestración de mitos que transforman héroes en marionetas podría continuar hasta completar varias enciclopedias. A los actos inocentes, pero nefastos, incitados por la más noble estupidez habría que sumarle aquellos impulsados por el nepotismo y los engendrados por el interés personal sobre el bienestar colectivo. La desconfianza y falta de humanidad salen del letargo al que usualmente están acostumbradas para alimentarse del miedo de la sociedad. Un miedo que podría convertirse en histeria sin la presencia de una voz cuerda que guie a las masas.

No pido por el surgimiento de nuevos Rumiñahuis, Lautaros o Guarionex, sólo porque el sentido común sea el motor que impulsa las decisiones que dictaran el curso general de la salud en nuestra sociedad. Es una pena que sea un problema tan complicado y no pueda resolverse con tan sólo declamar: “Detente demagogo, que el creador está conmigo”.

José F. Otero

TIC y Desarrollo

José F. Otero tiene más de 20 años de experiencia en el sector de las TIC. Esta columna es a título personal.