La estrategia que tanto le ayudó a AMLO como jefe de Gobierno en la CDMX ahora es un problema en su labor como presidente del país.

Como jefe de Gobierno de la ciudad, López Obrador optó por una estrategia de comunicación que resultó efectiva. Para ganarle la agenda diaria al Ejecutivo, adoptó conferencias de prensa mañaneras donde fijaba los temas del día que ocuparían a los medios y la atención pública. Al asumir la Presidencia de la República, pensó que replicar ese método sería eficaz. Al inicio, la práctica fue bienvenida ante la completa cerrazón e inexistencia de conferencias de prensa abiertas de Peña Nieto.

La ventaja para él con las mañaneras era que además de fijar los temas del día, podría optar por lo inmediato y efímero. Lo que se trata en la mañanera de hoy, mañana ya no es tema, pues viene una avalancha de nuevas temáticas. Esta práctica le permite que no haya seguimiento de los temas. Muchos creen que son un ejercicio de rendición de cuentas de políticas públicas o actos del Ejecutivo sin precedente. No, las mañaneras no son eso. En el mejor de los casos son ruedas informativas sobre intenciones de gobierno e informes sobre acontecimientos. Es por ello por lo que invita a la tribuna a hablar a tal o cual funcionario responsable. Así, hemos visto desfilar a casi todos los secretarios, pero en un mecanismo sumamente acotado, pues López Obrador siempre está parado con ellos vigilando lo que dicen. Cuando se salen del guion, no duda en intervenir y corregir.

Pero poco a poco él mismo fue desvirtuando la conferencia mañanera. Al ser el dueño del micrófono, optó por utilizarlo para atacar, para denostar, para descalificar y para dividir. Constantemente habla del asedio de “nuestros adversarios”. Con la mañanera fabrica distractores para eludir responsabilidades: en vez de dar el pésame a los LeBarón dice que pedirá que España y el papa otorguen sus disculpas por la Conquista, y así hay decenas de ejemplos. El pódium lo ha convertido en un púlpito autoritario donde, cual predicador cristiano, alza su dedo flamígero para condenar a quien ose criticar su 4T.

La mañanera ha entrado en un desgaste de imagen y como política de comunicación se ha agotado. En las más recientes se le ve a la defensiva y listo para descalificar, agredir y evadir preguntas incómodas; se le ve tenso, malhumorado. El rating ha bajado significativamente. El presidente debe reevaluar la estrategia para cambiar forma, contenido, periodicidad y no hablar a la ligera. Debe percatarse de que ya no es un candidato o un líder de la oposición. Son palabras del presidente dirigidas a toda la nación y como tal tienen peso sobre decisiones de inversión, consumo, etcétera.

En suma, las mañaneras no le hacen ya un bien ni a él ni al país. Debe abocarse urgentemente a enfrentar los dos grandes problemas que tiene su gobierno: la inseguridad y el estancamiento económico, con medidas prácticas, eficaces y sin demagogia o populismos.