Hace pocas semanas se descubrió entre las ruinas de Pompeya, en los fosos del área Regio V, dos carteles —leyendas grabadas sobre piedra— de la última campaña electoral municipal, realizada muy poco antes de que la ciudad quedase sepultada por la lava y las cenizas del Vesubio hace 1939 años, en el año 79 de la era cristiana. En uno de los carteles se pedía el voto para Helvium Sabinum, con la leyenda: “Helvium Sabinu /aedilem d(ignum) r(ei) p(ublicae) v(irum) b(onum) o(ro) v(os) f(aciatis)” (“Les pido que hagan edil a Helvio Sabino, digno de la cosa pública, hombre bueno”. El otro a favor de Albucium (Lucio Albucio).

Pero casi un siglo y medio antes, hace 2081 años, en el 63 a. C. ocurrió la primera campaña electoral registrada en la historia para el consulado de la República romana, en la que Marco Tulio Cicerón (según muchos historiadores, mediante fraude) venció a Lucio Sergio Catilina. Es la primera campaña diseñada con criterio estratégico, en la que el estratega fue Quinto Tulio Cicerón —hermano del vencedor—, quien dejó para la posteridad el primer manual de campañas electorales de la humanidad: el Commentariolum Petitionis. Surgió también el primer eslogan electoral de la historia: “Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?” (“¿Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?”). Ese eslogan, tal cual consigna de Twitter, es repetida una y otra vez a lo largo de cada uno de los cuatro discursos de Cicerón contra Catilina, discursos conocidos como Las Catilinarias.

Casi 21 siglos después, algo más de dos milenios, las campañas electorales, la propaganda en búsqueda del voto son objeto de estudio en el Parlamento de Uruguay, a efectos de ajustar la Ley de Partidos del 11 de mayo del 2009. El debate actual gira esencialmente en cuanto a la comunicación o publicidad política por los grandes medios de comunicación y el financiamiento de las campañas electorales. Son dos temas que contienen mucha tela para cortar.

Cuando se habla de elecciones es necesario diferencias los diferentes niveles de democracia, ya que no son lo mismo las elecciones en la docena y media de países de democracia plena, que en los de democracia semiplena, democracia incompleta, semidemocracias, regímenes híbridos, y regímenes autoritarios.

Un tema que requiere afirmarse una y otra vez, repetirse indefinidamente, es que el voto no es el producto circunstancial de una campaña publicitaria ni de una campaña electoral en el sentido restringido del término. No hay una tabula rasa en el cerebro del elector, a partir de la cual comienzan a impactar jingles, eslóganes, imágenes como elemento primigenio y central de la decisión de voto.

El voto es una manifestación simplificada de voluntad a favor de una propuesta que resume perfiles de personas en el marco de una propuesta política, de programas, principios, ideas, valores y visiones del mundo, lo que refleja una candidatura de un partido político o fracción de partido. Y esa manifestación de voluntad surge del producto de impactos recibidos por el individuo (del votante) a lo largo de toda su vida, a lo largo de la vida del agente político (partido, fracción) y de la vida pública del candidato.

Lo que lleva a un individuo al voto es la suma de impactos, de juicios positivos y negativos, de afectos y desafectos respecto a los diferentes actores políticos.