Los seguidores del presidente López Obrador no se quedaron atrás. Bastó una insinuación del primer mandatario para que emitieran una carta pública en las redes sociales. Respondieron así al escrito firmado por intelectuales y científicos en el que alertaban sobre el peligro en que se encuentran la libertad de expresión y la democracia en México.

Para los partidarios del presidente López Obrador, durante su gobierno “el debate público (ha estado) más vivo y vibrante que nunca en la historia moderna del país”. Ello se debe a su escrupuloso respeto a la libertad de informar y opinar. Lo que los firmantes del desplegado realmente piden, según los obradoristas, es “amordazar” al primer mandatario. Con ello, buscan proteger sus privilegios del pasado.

La respuesta de los simpatizantes del gobierno elude, sin embargo, el problema planteado por los intelectuales y científicos firmantes del desplegado. Ellos denunciaron la práctica adoptada por el presidente López Obrador de utilizar sus conferencias matutinas para descalificar, mediante la “estigmatización y la difamación”, a comunicadores y medios de comunicación que difunden información desfavorable u opiniones críticas de su gobierno.

La descalificación de críticos y voces disidentes podría parecer una estrategia retórica inofensiva para la libertad de expresión y la convivencia democrática, como dicen los partidarios del presidente, pero no lo es. En primer lugar, su contribución al debate democrático es nula. Sabemos desde la antigüedad clásica que una cosa puede ser cierta independientemente de quién la diga.

Sin embargo, el recurso retórico favorito del presidente López Obrador es el argumento ad hominen. Cuando una noticia negativa le incomoda, su primer impuso consiste en “matar al mensajero”, como si cortarle la cabeza al heraldo sirviera para conjurar la mala nueva. Pero todo argumento ad hominen es falaz. Por ello, rechazar la información únicamente sobre la base de quien la emite es una forma de cerrar los ojos a la realidad.

En segundo lugar, la descalificación como respuesta sistemática y reiterada desde el poder a las noticias desfavorables o las opiniones críticas propicia un clima de intolerancia y persecución. Niega la posibilidad del entendimiento mediante el debate. ¿Qué diálogo puede haber cuando la respuesta del presidente a la revelación de un posible desfalco millonario al municipio de Macuspana, Tabasco, en el que está involucrada su cuñada, consiste en llamar “pasquín inmundo” al periódico Reforma? Del intercambio de insultos nunca nace el debate democrático. Sólo alienta el fanatismo y el ánimo persecutorio entre los seguidores del presidente.

En tercer lugar, los intelectuales y científicos firmantes del desplegado denuncian con razón que el recurso del vilipendio y la difamación en las conferencias mañaneras puede responder a una estrategia de intimidación. Ésta es la parte más peligrosa del uso reiterado y sistemático de la descalificación por parte del presidente López Obrador. Detrás no sólo está la inmoderación de un mandatario alérgico a la crítica, sino también la intención de inhibir la expresión de voces independientes.

Abandonar el discurso de la injuria y el descrédito no equivale a ponerse una mordaza, sino a asumir con responsabilidad la investidura presidencial. Nadie pone en duda la obligación de López Obrador de informar y rendir cuentas, tampoco su derecho a defender sus acciones y políticas. Pero el uso de recursos públicos para producir y difundir en las mañaneras el mensaje de descalificación a las voces disidentes debe parar, pues fomenta la intolerancia y desalienta el debate abierto de los asuntos de interés público.

Twitter: @benito_nacif

Benito Nacif

Profesor

Voto particular

El Dr. Benito Nacif es profesor de la División de Estudios Políticos del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Fue Consejero Electoral del Instituto Nacional Electoral (INE) del 2014 al 2020 y del Instituto Federal Electoral (IFE) del 2008 al 2014.