El derramamiento de petróleo en aguas del Golfo de México es un desastre en sí mismo. Pero además, una alerta del costo que tendrá mantener el suministro energético bajo el paradigma de depender de los hidrocarburos.

No es relevante el nombre de la compañía propietaria de los activos que ahora se han vuelto desafortunadamente notorios, ni de la compañía contratista que parece haber omitido las mejores prácticas de la industria, con lo que el accidente sucedió.

Un evento como éste pudo suceder en el Mar del Norte, o como fue, en el Golfo de México. De deslindar responsabilidades se encargarán las autoridades de Estados Unidos, y esperemos que sólo ellas y la afectación no llegue a nuestras aguas también.

Desde la perspectiva del sector de la energía el mensaje es fuerte: una buena parte del suministro petrolero de Estados Unidos, y el tesoro de las reservas mexicanas están en el mar, con los riesgos que el derrame actual muestra.

Un derrame en tierra es más fácilmente controlable. Y además el daño que causaría es mucho menor, especialmente porque no puede dispersarse como en el mar, por el efecto de las corrientes de agua.

No desprecio el daño a los ecosistemas por los accidentes en tierra; pero puesto en contexto, lo que suceda en el mar es infinitamente más grave.

El pozo en donde sucede el accidente está perforado a 1,500 metros bajo el nivel de la superficie del mar. Como referencia, la Torre Latinoamericana, en la ciudad de México, mide 183 metros de altura; o la altura típica de los cúmulos de nubes bajas, es de menos de 1,600 metros. A esa profundidad las tuberías tienen encima al menos un peso de 1,500 toneladas de agua; y soportan esfuerzos de las corrientes de agua desde cualquier sentido. Y ya llegando al lecho marino, hay que perforarlo para bajar todavía varios kilómetros hasta encontrar petróleo. Todo esto es caro, complejo, riesgoso y probablemente ineludible para garantizar el suministro energético. Reto amplio para la ingeniería.

Para México, las reservas petroleras en el mar significan uno de los elementos principales para mantener la hacienda pública y, en cierto grado, autonomía en disponibilidad de energéticos primarios.

Para Estados Unidos importa con el objetivo de adquirir independencia de zonas o países que políticamente no le resultan totalmente gratos: como Venezuela o el Oriente Medio.

En estos dos casos, y para efectos prácticos en cualquier otro en donde se esté trabajando en el mar, es claro que las condiciones cambiarán.

Desde la preocupación de los socios en los proyectos, las autoridades regulatorias nacionales, los bancos que prestan dinero para completar la inversión, las compañías aseguradoras y, desde luego y tal vez antes que nadie, las comunidades que habitan las costas vecinas a los campos petroleros en el mar.

Todo esto se reflejaría cuando menos en mayores costos. Pero en algunos casos puede significar prohibiciones legales para ir adelante con proyectos que se consideraban inminentes o por lo menos deseables.

Un camino será siempre la eficiencia energética. Pero más temprano que tarde, y por eficientes que nos volviéramos, a menos que provoquemos una discontinuidad tecnológica, la demanda de petróleo superará la oferta posible sin ir, todavía más, al mar.

Este accidente tendrá repercusiones en nuestros planes para producir petróleo en aguas profundas mexicanas por la vecindad con Estados Unidos, sin duda alguna.

*Presidente de la Fundación México Necesita Ingenieros.