El paquete de corrección automática incluye la eliminación de subsidios tributarios implementados desde los tiempos de George Bush.

Hay quien cree que todo esto del fiscal cliff es como el guión de una película de Hollywood, en donde faltando unos segundos en el contador de la bomba del precipicio fiscal, los superhéroes habrán de encontrar un acuerdo de último minuto.

Y más cuando los dos bandos de la trama han decidido llevar la discusión al terreno mediático antes que a la confidencialidad de una oficina como la Oval de la Casa Blanca.

Sólo que la diferencia entre una cinta de suspenso y la vida real es que en el cine la gente brinca y se acomoda en sus butacas en los momentos climáticos, y en la vida real de la crisis fiscal los agentes económicos empiezan a tomar precauciones en caso de que suceda el ajuste automático.

El jaloneo entre la mayoría republicana de la Cámara de Representantes y la administración demócrata de Barack Obama se mantiene y no se reducen las posiciones. Propuestas y contrapropuestas que parecen más bien el juego de la papa caliente, como con ganas de que cuando explote la crisis sea en las manos del contrario.

La esperanza era que tan pronto como pasaran las elecciones los dos bandos entenderían el mensaje de los electores y pronto buscarían soluciones para atenuar la corrección de sus desequilibrios presupuestarios.

Ya fuimos testigos hace unos meses de cómo realmente sí les encantan los finales dramáticos a los problemas estructurales. El techo de endeudamiento estuvo a punto de alcanzarse y con ello el gobierno de la economía más grande del mundo hubiera caído en incumplimiento de pagos.

El acuerdo entre los dos partidos llegó de última hora, se amplió el techo de la deuda y todos los acreedores cobraron en tiempo y forma.

Pero ese episodio tuvo consecuencias. De entrada, los legisladores diseñaron un plan emergente, una especie de lancha salvavidas si naufragaban los trabajos de corrección fiscal que empezaron desde ese momento.

Ese plan, creado con la verdadera intensión de que nunca funcionaria fue el plan de ajuste hoy conocido como el precipicio fiscal.

Pero hubo otra consecuencia de que llegaran tan lejos sin acuerdos en torno de la deuda. La principal calificadora del mundo Standard and Poor’s degradó la nota perfecta de la deuda estadounidense.

Este golpe lo combatieron desde el poder tomando represalias en contra de la firma, pero la realidad era que la incapacidad política, como argumentó S&P, era una amenaza a tomar en cuenta por parte de los inversionistas.

Y aquí están de nueva cuenta, contrarreloj, causando angustias entre los agentes económicos, aunque los mercados financieros prefieran apostar a que se logrará un acuerdo, quizá como una forma de lograr ganancias al límite y después brincar del barco antes de que se hunda.

Pero más que nerviosismo, aquí los posibles afectados empiezan a tomar medidas de prevención. Si lo que se plantea es un aumento de impuestos, no son pocos los que empiezan a mover sus activos para evitar el pago de impuestos adicionales.

Los consumidores muestran su desconfianza en el desempeño futuro de sus propios bolsillos, porque saben que con el ajuste fiscal automático les quitarán al menos 2,500 dólares extra en el pago de sus impuestos.

La crisis de austeridad que se prepara hace que muchos no esperen el arreglo y se atrincheren. El paquete de corrección automática incluye la eliminación de subsidios tributarios implementados desde los tiempos de George Bush y otros más que alcanzan todos los estratos sociales.

En la parte del gasto, la mayoría de los recortes automáticos se recarga en la parte social, en los servicios médicos y hasta en los seguros de desempleo.

Al final de cuentas, la corrección que hace el paquete automático que entra en vigor al inicio del 2013 sí tiene el efecto positivo de corregir los problemas fiscales de la economía estadounidense, pero sí provoca una crisis de austeridad.

Por más que la Reserva Federal tome más medidas monetarias para tratar de influir positivamente en la economía, la inacción política implicaría una baja en la actividad económica.

¿Cómo estarán entendiendo este tema tanto los demócratas en la Casa Blanca como los republicanos en el Congreso, que se les ve tan tranquilos y con tan enorme espíritu navideño en estos días?

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