La paradoja de la tolerancia de Popper nos dice que una sociedad tolerante sin límites será destruida por los intolerantes radicales. Churchill señaló que la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás. El billonario Nick Hanauer señala que, de no lograrse un capitalismo más solidario, vendrán las horcas justicieras.

Dicho lo anterior, existen al menos dos visiones de gobierno intolerantes en América Latina. La primera es la neoliberal extrema, distinta del liberalismo social, que antepone el egoísmo reduciendo al Estado al mínimo. La segunda es la marxista bolivariana que promete justicia social e igualdad a cambio de entregar las libertades políticas y económicas, con un Estado todopoderoso que cancela el emprendimiento. Ambas conducen a la destrucción del contrario, pero en medio hay una gama de posibilidades democráticas con distintas ofertas de seguridad social.

En la práctica, mercado y Estado deben complementarse, con el primero estimulando la competitividad y la innovación, y el segundo combatiendo a los monopolios, ofreciendo seguridad, protegiendo al medio ambiente y procurando justicia y equidad. Un sistema egocéntrico genera desigualdad y las semillas de su destrucción. Si una sociedad entrega su libertad, se condena a la pobreza material y de conciencia como muestran Cuba y Venezuela.

Las protestas que vemos en Chile, Colombia y Ecuador, podrían estar influenciadas por lo bolivariano, pero sería imprudente soslayar que desigualdad e insatisfacción son causas del descontento. Esto podría ser aprovechado por la izquierda radical para imponer su visión, por lo que es imprescindible que la economía de mercado rebase a la izquierda con políticas que generen mayor bienestar y distribuyan mejor la riqueza.

Una tercera visión intolerante y contradictoria es la llamada Cuarta Transformación de México, que aprovechó el descontento con la corrupción, la desigualdad y la inseguridad. Esta visión tiene elementos bolivarianos y evangélicos a la vez; busca imponer de manera revanchista una visión mesiánica, justiciera y descalificadora; destruye las instituciones democráticas; genera incertidumbre sin plan de viaje; defiende a los gobiernos bolivarianos, pero se aferra a mantener una buena relación con Estados Unidos; y busca estar bien con los empresarios, pero toma medidas que repelen la inversión.