Fue motivo de celebración cuando, luego de aquella reforma política, las elecciones se volvieron más competidas, los resultados electorales más creíbles y acatados por todos y el país comenzó a pintarse de forma multicolor.

Parecía que algo había cambiado para bien y que viviríamos una nueva realidad, llena de orden, paz y progreso. La oposición triunfó por primera vez en décadas, nuevamente despertando una enorme esperanza, pero ahora, al parecer, debemos aceptar que las cosas no están funcionando como quisiéramos todos.

Por diversas razones, no hay acuerdos para gobernar, lo que significa que si alguien sugiere determinada acción para avanzar, los demás se lanzan a denostar y decir por qué está equivocado, labor que puede tomar varios años y un enorme desgaste que poco a poco va mermando la credibilidad y la confianza de la sociedad en el sistema y su rechazo a todo lo que venga del gobierno en sus tres poderes.

En esta situación, los huecos que se fueron abriendo en diversos frentes han sido llenados por grupos diversos, haciendo la labor de gobernar más difícil y, lo más lamentable de todo, frenando toda posibilidad de que el país se desarrolle a la velocidad que demanda la precaria situación social y la condición de México como potencia exportadora. Frente a la pregunta sobre qué se puede hacer para cambiar esta situación, se ha dicho que requerimos de una reforma que cambie los incentivos para que la clase política se ponga a trabajar en serio, ejerza en forma más transparente los recursos y se ocupe del bienestar de las mayorías.

Para empezar, se puede sugerir reducir el número de legisladores, su presupuesto y la nómina del personal asistente.

Luego nos hemos preocupado en exceso por financiar las actividades de los partidos, en teoría para mantenerlos alejados del dinero sucio, sobre todo el que viene de actividades delictivas, pero hemos dejado abierta

-considero- la puerta para el dinero que es desviado de fondos públicos y transferencias federales a estados.

Aquí el cambio sería aplicar el porcentaje de votación efectivo en cada estado al total destinado a los partidos y luego repartir el restante, de acuerdo con la votación de cada partido y etiquetar cada peso que es transferido a los estados.

¿Qué harían los partidos para trabajar en esta nueva realidad? Una opción sería construir acuerdos y hacer campañas basadas en ellos, convenciendo a la gente de que vote; de otra manera, nadie gana.

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