Éste es el segundo y último capítulo de la narración de política ficción que en la primera entrega llevó como título: El presidente robot . En un principio, me negué a la redacción de la continuación que dejé pendiente el martes con el argumento de lo que dice el refrán: Nunca segundas partes fueron buenas . Sin embargo, fui convencido por la editora de esta sección y el director del periódico de proseguir para terminar lo iniciado. Ellos me hicieron ver que no tenía nada que perder ni de qué preocuparme, ya que en el remoto caso de que el mencionado refrán tuviera algún fundamento de razón, la primera parte de mi engendro fue tan mala que sería imposible que la segunda fuera peor.

Me convencieron. Reanudo mi crónica que ocurre en el año 2064:

México ha logrado una singular democracia gracias a la limpieza institucional que a partir del 2015 impulsó la sociedad mexicana, harta ya de tantas trampas y mentiras, contubernios, impunidad, corrupción y arreglos en lo oscurito de hombres públicos y gobernantes, que dio por resultado la desaparición de los partidos políticos tradicionales y la jubilación, encarcelamiento y destierro no necesariamente en ese orden de los políticos, funcionarios públicos e, inclusive, grandes empresarios. Hubo personalidades en las que se reunían las tres actividades.

La LXIII Legislatura, que tomó posesión el 1 de septiembre del 2018, fue formada sólo por ciudadanos que renunciaron a sus sueldos, prebendas y prestaciones. No eran pocos los que llevaban su lunch a las sesiones. El Congreso de la Unión, compuesto por auténticos ciudadanos sin más intereses que los de la nación y el bienestar de la sociedad, instrumentaron una reforma educativa que en poco tiempo dio excelentes frutos; una reforma sindical que obligaba a los líderes a la transparencia, al recato en el uso de las cuotas y sólo les permitía estar en su cargo tres años; así como una reforma judicial que, entre otras cosas, impuso pagarles a jueces y magistrados salario mínimo y compensar con una discreta iguala los casos cerrados.

Los secretarios de Estado fueron elegidos mediante concursos de oposición. Sólo así afirmó el presidente Videgaray estarán en mi gobierno los mejores mexicanos de cada especialidad.

Vicente Fox llamó zonzos a los técnicos, científicos e intelectuales que se presentaron a las pruebas de oposición. Yo recurrí a los headhunters y por eso tuve un gabinetazo , expresó. Al otro día, Manuel Bribiesca Sahagún fue aprehendido y presentado ante la Procuraduría General de la República a cargo del licenciado Antonio Zúñiga como presunto responsable de tráfico de influencias y enriquecimiento inexplicable. Una semana después, Vicente Fox ingresó a un Monasterio de la Orden de los Cartujos, donde hizo votos de silencio.

En la entrega anterior hice énfasis en los experimentos a partir del año 2024 de los científicos mexicanos, especialistas en cibernética y robótica, Paloma Noyola, Vicente Vázquez Minera y Ángel Reyna Schaufelberger, quienes crearon un rudimentario robot Jefe de Manzana al cual programaron para reportar a la delegación en el caso del Distrito Federal o a la alcaldía en el caso de los municipios los baches, las fallas en el alumbrado público, la ausencia del camión de la basura y los robos y asaltos cometidos en complicidad con patrulleros y policías en las calles de su responsabilidad.

La tercia de científicos devino en póquer al sumarse el físico cuántico michoacano Luis Roberto Ramírez Álvarez. El robot Jefe de Manzana fue perfeccionado. No sólo tomaba nota y reportaba, comenzó a procesar la información, a sugerir soluciones y a asumir el mando con la ecuanimidad y el buen juicio que da la carencia de emociones.

La demanda de robots Jefes de Manzana se incrementó de manera exponencial. En toda la República los vecinos se cooperaban para tener el suyo. Esto favoreció el abatimiento del costo y la creación de empleos, círculo virtuoso que generó prosperidad y un mejor estándar de vida.

Para el sexenio 2030-2036, el del último presidente humano: Higinio Sobera de la Flor, la Fábrica Nacional de Robots había diversificado sus productos robóticos. También elaboraba Presidentes Municipales y Gobernadores –que cambian cada tres y seis años, respectivamente- y que ejecutan lo que los votantes proponen en sus boletas comiciales. Estos robots estaban provistos del software adecuado para cumplir su misión: por supuesto que sabían la Constitución y su aplicación al dedillo; verdaderos economistas, con un sentido de la justicia, de la equidad y la honradez que hizo posible aniquilar la pobreza y la desigualdad en todo el país.

Con el dólar a 50 centavos mexicanos, el siguiente paso fue la construcción de Legisladores robóticos. Hubo voces que objetaron el procedimiento. Argüían que 500 diputados y 128 senadores robots gastarían un dineral en electricidad. Los fabricantes dijeron que el gasto no sería tan exagerado porque cuando los congresistas no estuvieran activos en automático se pondrían en hibernación. Además, los ciudadanos de sus distritos vía Twitter se pondrían en contacto con ellos para aprobar o desaprobar sus propuestas.

La discusión llegó a su fin cuando el presidente decretó que sólo hubiera un diputado y un senador por estado. Aprovechó el decreto para determinar que, dado el bienestar alcanzado con los gobiernos de los robots, él sería el último presidente de carne y hueso. Su sucesor sería robot y alámbrico, para que no pudiera andar siempre de gira.