Una de las mentiras que nos gusta o nos conviene creer a los adultos es que la infancia es un periodo lleno de alegría y felicidad. Aunque nosotros mismos recordemos episodios de nuestra niñez en los que no quisiéramos volver pensar, nos encanta suponer que nuestros hijos o nietos están en un periodo maravilloso alejados por completo de la dureza de la vida.

Falso. Los niños como todos los seres vivos tienen sus problemas, a veces mucho más serios de lo que suponemos. Ahí les van un par de quejas que me han confesado niños de mi entorno:

“Se me hace que mis papás no tienen dinero, siempre están diciendo que los corrieron y que ahora no saben qué vamos a hacer”.

“Estoy harta de no ver a mis amigas y mamá es muy regañona y mi papá se pelea con ella diario”.

“Tengo miedo, me dicen que no podemos ir a ver a mi abuela porque se puede morir si la visitamos”.

Comencemos por decir que los niños tienen derecho a ser escuchados y a recibir buenas explicaciones de lo que están viviendo. Nosotros estamos obligados a cuidar de ellos y de sus derechos. En estos tiempos difíciles ¿de verdad lo estamos haciendo? En medio de la pandemia y la mega crisis económica ¿nos detenemos a compartir con ellos qué estamos sintiendo?, ¿cuánto tiempo dedicamos a escuchar a nuestros hijos?, ¿qué tanto control de nuestras emociones tenemos frente a ellos?, ¿nos ocupamos de su tranquilidad y equilibrio emocional? Me temo que no lo suficiente.

De acuerdo a datos de Save the Children (derivados de entrevistas con más de 6,000 niños en Estados Unidos y la Unión Europea) sabemos ahora que uno de cada cuatro niños sufre de ansiedad producida por el confinamiento. Lo más grave es que estas experiencias pueden dejar en ellos secuelas permanentes, incluida la temible depresión. Otro dato importante: el 55% de los niños en aislamiento padece de fatiga, temor por su futuro o desmotivación. Terrible.

A pesar de no contar aún con un vocabulario amplio y de estar limitados por su manejo cognitivo y repertorio emocional en desarrollo, los niños tienen no solo derecho a que se les atienda y escuche, sino también a opinar. Muchos psicólogos en el mundo están hablando ya del adultocentrismo exacerbado esto es, una sociedad en donde solo los puntos de vista de los mayores de edad valen. Los niños y los adolescentes son parte de nuestra vida cotidiana, experimentan lo que xperimentamos y se preocupan por ellos y su entorno tanto como nosotros los mayores. ¿Por qué entonces somos incapaces de atender lo que ellos sienten, piensan y dicen? Despreciar la voz de los menores es una forma brutal de discriminación que está poniendo en juego su salud mental.

Ahora bien, no todo está perdido, existen soluciones que podemos ensayar.

1. Los niños son niños, pero no tienen necesariamente un déficit intelectual. Pueden entender claramente una explicación sencilla sobre temas complejos. Hay términos que escuchan en los medios y que ellos tienen que aprender a reconocer y dimensionar.

Ejemplos; qué es una pandemia, qué es un virus, por qué nos podemos contagiar, por qué es importante lavarnos las manos, por qué no podemos salir de la casa, por qué no podemos visitar al abuelo, etc.

2. Es importante explicarles también (si estamos en ese caso como casi 2 millones de mexicanos) que el no tener trabajo no es algo deseable, pero que a veces sucede y que los adultos están ocupándose activamente por encontrar otra o la misma forma de ganarse la vida. Y, lo más importante, que ellos, los niños, serán protegidos siempre y pase lo que pase por su familia.

3. En el espinoso tema de la muerte, les comento que a partir de los 7 años los niños tienen un concepto bastante formado de lo que es el fallecimiento de un ser querido y antes de esa edad, aunque el concepto no esté aún claro, tienen sentimientos de pérdida o ausencia de personas que se han ido y que hay que ayudarlos a asimilar. No evite el tema. Hágale sentir que es normal extrañar, sentir tristeza y estar en duelo cuando perdemos a alguien muy querido y que usted también siente lo mismo y que su familia lo acompañara en este momento.

4. Perdón por hablar de una experiencia personal, pero no podré olvidar nunca como mis papas convocaban a una comida o cena especial para escuchar la opinión de mis hermanos y la mía (en tiempos también muy aciagos durante la persecución de mi familia por una dictadura militar) antes de tomar decisiones importantes y que nos afectaban a todos. Ese ejercicio democrático, maduro y respetuoso por parte de mis padres marcó mi vida. Creo que ahí aprendí todo sobre la libertad de expresión y mi desprecio incondicional al autoritarismo y a los tiranos.

Podemos como padres convertir estos momentos oscuros que nos han tocado en una lección de vida para nuestros hijos y para nosotros mismo. Ojalá.*

* De los pleitos entre papa y mamá y su imprudencia frente a los niños hablaremos la siguiente semana.

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Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.