Durante buena parte del siglo XX, nuestro país ostentó una de las tasas más altas de deforestación en el mundo, proceso destructivo que afectó en mayor o menor medida a todos los biomas relevantes (trópico húmedo, zonas templadas altas, trópico seco, y zonas áridas). Hoy, al parecer, las cosas han cambiado, de acuerdo con estudios hechos a escala municipal y con técnicas sofisticadas de interpretación de imágenes satelitales y de análisis estadístico, recientemente publicados por Martha Bonilla Moheno y otros investigadores (Journal of Regional Environmental Change).

La deforestación se ha detenido e incluso revertido en las zonas templadas, áridas y en el trópico seco, pero se ha agravado en las zonas tropicales húmedas de selvas altas, medianas y bosques mesófilos. En ello, debe tomarse en cuenta el papel favorable que ha jugado una cobertura creciente de áreas naturales protegidas (en especial reservas de la biósfera) sobre el territorio nacional, tanto en la conservación de lo existente como en la recuperación de la vegetación forestal natural y en mitigar o impedir la deforestación. Hay diferentes estudios que lo documentan de manera convincente.

En las regiones o biomas donde la deforestación se ha detenido o revertido, las causas pueden asociarse con la emigración de población campesina a las ciudades o a Estados Unidos, así como con cambios en la estructura económica en favor de actividades industriales y de servicios. Así, la evidencia parece indicar que a escala nacional –haciendo caso omiso de situaciones locales específicas– las selvas bajas o secas (caducifolias) se han recuperado, al igual que los matorrales desérticos y bosques templados de coníferas. Esto último ha ocurrido en Durango, Zacatecas, Tamaulipas y Chihuahua, principalmente, pero también en Michoacán y en zonas altas de Oaxaca, caracterizadas por bajas densidades demográficas, una alta emigración y pérdida de población rural.

Tómese en cuenta que, en las duras condiciones hidrológicas y de suelos que prevalecen en estas áreas, las actividades agropecuarias han dejado de ser competitivas y rentables frente a importaciones y a la producción en otros estados del país. Habrá que definir la contribución que hace a tales tendencias la presencia de bandas del crimen organizado.

En las zonas tropicales húmedas, las cosas han empeorado, si es que podían estar peor. Recordemos que México ha perdido más de 90% de sus selvas altas perennifolias y bosques mesófilos, y un porcentaje difícil de precisar ahora, pero muy alto también, de sus selvas medianas. Las áreas más críticas incluyen a Chiapas y al sur de la península de Yucatán, a las colindancias entre Chiapas y Oaxaca, y entre Oaxaca y Veracruz, así como la región huasteca en San Luis Potosí, Hidalgo, Veracruz y el sur de Tamaulipas. Se trata de regiones con altas precipitaciones (más de 2,000 mm anuales), baja altitud (por lo general, menor que 500 metros) y topografía relativamente accesible.

Si bien durante el siglo XX los procesos agrarios y la agricultura de subsistencia (de rosa-tumba y quema) fueron factores determinantes de deforestación, ahora son la agricultura comercial a gran escala y la producción extensiva de ganado bovino las variables explicativas más poderosas. O sea, los bosques tropicales han sido convertidos en plantaciones agrícolas y en potreros o pastizales para el ganado; muy especialmente en Chiapas, en monocultivos de palma africana de aceite, la cual ha sido promovida por los gobiernos estatal y federal. La deforestación en el trópico húmedo se mantiene independientemente de las tendencias demográficas observadas en los distintos municipios.

Será muy importante identificar el impacto actual de los programas gubernamentales en la dinámica de deforestación; en particular, los subsidios del Procampo y del Progan (para agricultores y ganaderos, respectivamente) en manos de la Sagarpa. No olvidemos que estos subsidios se entregan de manera condicionada a que los agricultores o ganaderos exploten sus tierras, lo cual representa un inequívoco estímulo perverso para la destrucción de los ecosistemas naturales o para impedir su recuperación.

Dado el nuevo escenario de deforestación a inicios del siglo XXI en México, la urgencia de conservar la biodiversidad y riqueza forestal de nuestro país, así como servicios ambientales estratégicos y valores escénicos y paisajísticos, y de mantener equilibrios en cuencas hidrológicas, es necesario construir nuevas políticas focalizadas regionalmente, de mayor precisión, alcance y eficacia. El imperativo es lograr cuanto antes una deforestación cero mediante nuevas áreas naturales protegidas, reorientación de subsidios agropecuarios, contratos de conservación a largo plazo con propietarios y promoción (donde sea posible) de aprovechamientos forestales sostenibles y competitivos.

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