Las conmemoraciones históricas permiten reflexionar sobre el pasado y evaluar los avances o retrocesos respecto a los hechos o ideas recordados. Este año se conmemora no sólo el asesinato de Emiliano Zapata sino también la condena a muerte de Felipe Ángeles, ambos bajo el gobierno de Venustiano Carranza, que a su vez sería asesinado en 1920.

La muerte violenta de Zapata y Ángeles y la de Villa más tarde representan en más de un sentido la derrota última de la revolución popular, cuyas expectativas tendrían que esperar a la política cardenista para ser respondidas, que no satisfechas. Como pudo verse en la reciente conmemoración de la muerte del Caudillo del sur, la relación entre gobierno y campesinos dista de ser tan armónica como sugiere el discurso oficial, pues proyectos como la hidroeléctrica de Huexca se contraponen a la voluntad de los campesinos y campesinas de Morelos que por décadas han luchado en defensa de su territorio.

La ejecución de Felipe Ángeles no fue un acribillamiento, se envolvió en un recurso legalista: se le sometió a un consejo de guerra, aunque ya no pertenecía al ejército federal. Integrante de éste en el Porfiriato, Ángeles fue director del Colegio Militar; aliado de Madero, bajo su gobierno intentó remplazar la política de arrasamiento contra el zapatismo por una intervención más civilizada. Durante la Decena Trágica apoyó a Madero contra Huerta y hacia fines de 1913 se unió a los revolucionarios. Combatió al lado de Villa y acabó distanciándose de Carranza. Tras la derrota de la Convención, se exilió en Estados Unidos de donde volvió en 1918 para intentar, según explicara a sus jueces, unir a los caudillos populares y atemperar la guerra. Para entonces se declaraba ateo y socialista. Detenido en Chihuahua, fue sometido a juicio en el Teatro de los Héroes y fusilado el 26 de noviembre.

Sus acciones, algunas polémicas, y su compleja personalidad han sido revistadas por historiadores como Álvaro Matute, compilador de los Documentos relativos al general Felipe Ángeles (1982), Friedrich Katz y Adolfo Gilly. Antes de estas recuperaciones históricas, y desde la literatura, la escritora Elena Garro, admiradora de Madero y con antecedentes familiares villistas, investigó su vida para dedicarle una obra de teatro.

Dramaturga, no historiadora, Garro transformó al personaje en un héroe dramático, más intelectual idealista que estratega, crítico feroz de la revolución convertida en gobierno. En su versión, Ángeles defiende los ideales revolucionarios contra una realidad donde privan el pragmatismo y el afán de dominación. A la vez que se justifica para la historia, arremete contra el régimen que lo condena. Tal vez ingenuo, rechaza las pugnas por el poder y cuestiona la necesidad de un jefe. Más que sus argumentos coyunturales, perdura su defensa de la palabra que dice la verdad, del diálogo contra la violencia y de las mentiras del discurso oficial. Su juicio mismo es una farsa. Más que militar, aparece como intelectual que confronta al poder, aunque se sepa condenado. Sus palabras develan la realidad sombría de un país transformado “en un cementerio, en el que sólo se oyen gritos y disparos”, en que el autoritarismo y la mentira degradan la vida social.

Contra este poder —que hoy podríamos llamar necropolítico— reivindica la necesidad, vital, de “nombrar a los tiranos, sus crímenes”, de hablar, porque sólo la palabra “rescata” al ser humano. Cerca de la muerte, el Ángeles garriano también desenmascara a quienes separan la moral privada de la moral política, para justificar su traición a personas y causas. Esta exigencia de coherencia puede parecer excesiva, pero corresponde a los altos ideales de un hombre dispuesto a morir por sus ideas.

En estos tiempos revueltos en que se reavivan debates en torno al pasado y en que la independencia intelectual sigue irritando al poder, poner de nuevo en escena esta obra sería un magnífico homenaje al Ángeles histórico. Nos permitiría también honrar el poder del arte que da nueva vida a la historia y recordar la importancia de la ética en la política.

LucíaMelgar

Crítica cultural

Transmutaciones

Es profesora de literatura y género y crítica cultural. Doctora en literatura hispanoamericana por la Universidad de Chicago (1996), con maestría en historia por la misma Universidad (1988) y licenciatura en ciencias sociales (ITAM, 1986).