En un arranque de sagacidad, Gustavo Madero declaró, en relación con la creación de un partido político bajo el control exclusivo de AMLO: Que no venga a ser esto una simulación, simplemente, para tener más recursos del fisco, del erario, mayores tiempos electorales y, con éstos, estar multiplicando su participación en el espectro político de una manera simulada. Y esto es algo a lo que la ciudadanía debe estar muy atenta . Don Gustavo le atina al diagnóstico, pero no al remedio.

Es claro que la izquierda mexicana (la partidista) ha trepado al presupuesto público a cuanta organización les manifieste apoyo callejero o electoral. Recordemos que, a principios de los 80, el PSUM (aquél de Pablo Gómez, Amalia García o José Woldenberg) no era sino el propio Partido Comunista Mexicano (de Arnoldo Martínez Verdugo), aderezado de otras cinco o seis organizaciones políticas y que, al fusionarse posteriormente con el PMT (del ingeniero Heberto Castillo), dio como resultado al Partido Mexicano Socialista (PMS).

El PMS habría de participar en las elecciones de 1988, pero don Heberto declinaría en favor de Cuauhtémoc Cárdenas –candidato del Frente Democrático, que agrupaba al PARM, PPS, PFCRN, PSD y a miembros de la Corriente Democrática del PRI, entre otros-. La mayoría de estos grupos fue la base constitutiva del PRD, fundado un año después.

Por lo tanto, el PRD incorpora alrededor de quince corrientes, entre las que destacan Nueva Izquierda, de los llamados Chuchos (Zambrano y Ortega); Izquierda Democrática Nacional, del célebre René Bejarano y su distinguida esposa Dolores Padierna; Izquierda Social, liderada por Martí Batres; la UNyR de Armando Quintero (y paracaidistas y taxistas piratas que le acompañan); el Movimiento por la Democracia de Pablo Gómez y exmilitantes del PSUM (y del 68); y el Foro Nuevo Sol de los llamados Amalios. Como sabemos, todas estas fuerzas políticas aglutinadas en el PRD han postulado -en un cuarto de siglo- a tan sólo dos candidatos a la presidencia: al ingeniero Cárdenas y a AMLO; ambos, expriístas.

En el caso de AMLO, sus aspiraciones fueron apoyadas –adicionalmente- por el PT (propiedad de la familia Anaya) y por Convergencia (ahora, Movimiento Ciudadano) de Dante Delgado.

Estos poco más de 25 años han evidenciado que no hay peor enemigo para una tribu perredista que cualquier otra tribu del propio PRD.

Para una franquicia partidista que apela a la democracia en su denominación, el PRD, ha sido incapaz de solventar un solo proceso interno para elegir a su dirigencia sin riesgo de fracturarse, teniendo incluso que acudir a encuestas (que, ahora, pretenden calificar como delitos) para elegir a su candidato. Por ello, más que liderazgos morales o mesiánicos, lo que ha permitido la unidad de las corrientes es el financiamiento público al partido y a sus campañas electorales. El dinero, pues.

Tan sólo para este año, el PRD obtuvo del IFE 451 millones de pesos para sus actividades ordinarias y 225 millones de pesos para campañas electorales.

A eso, hay que sumarle los 442 millones de pesos que recibieron el PT y MC, también, por la vía presupuestal. La coalición ejerce un gasto promedio diario de más de 3 millones de pesos sin rendir mayores cuentas. Lo anterior, no incluye los montos gestionados al estilo Bejarano, Imaz, Sosamontes o Mandoki.

Como hemos consignado en este espacio, AMLO demostró que una buena parte de los votos obtenidos por la coalición progresista se debe a su ejército de incondicionales; en tanto, el PRD considera que resultan de la presencia nacional de su estructura orgánica. La apuesta está lanzada, pero es claro que AMLO pretende una parte importante de esos recursos sin depender de la presencia de las rijosas tribus perredistas.

AMLO desprecia a las instituciones estatales surgidas de elecciones espurias o inconstitucionales, pero no así, al presupuesto aprobado por dichas instituciones. Incongruencia pura.

Gustavo Madero está en lo cierto: la izquierda obtendrá mayores recursos fiscales y tiempos electorales. Pero es incorrecto que le corresponda a la ciudadanía atender esta situación. Más bien, corresponde a los partidos –como el suyo- modificar la legislación para evitar el financiamiento de los contribuyentes a dichos institutos políticos.

De eliminarse el fondeo ciudadano a los partidos, la primera ganadora será la izquierda. Los movimientos progresistas siempre han sido más auténticos e influyentes cuando se financian del boteo callejero, del simpatizante y no del Estado, al que naturalmente repudian. Esto devolvería la congruencia que tanto urge a la izquierda mexicana.

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