El debate electoral puede ser un ejercicio revelador. Es capaz de ofrecer a los votantes información de primera mano sobre la personalidad, fortalezas y debilidades de los candidatos en un escenario comparativo y sobre un terreno de juego nivelado. Aquí no importan presupuestos o gastos de campaña ni el abominable martilleo de spots ad nauseam en medios electrónicos. Es el ágora verdadera, el sometimiento del político a la luz más intensa que hace muy difícil ocultar o enmascarar. Es un fino instrumento de disección y discernimiento de la democracia. Importan los contenidos y las miradas, la preparación y la capacidad, la forma de expresión y la elocuencia, la originalidad y la habilidad en el esgrima verbal: atributos esenciales en un gobernante eficaz.

En una era de videociudadanos (Sartori) fascinados e hipnotizados por las imágenes de redes y otros medios electrónicos que casi monopolizan la cultura política el debate electoral entre candidatos puede resucitar conceptos y análisis, reintegrarlos con la imagen, y reconciliar el razonamiento con las emociones, las empatías y las antipatías. El debate electoral coteja las apariencias mediáticas con los contenidos y la esencia de los candidatos. Sus secuelas en corrillos y discusiones entre amigos y familiares, en medios impresos y electrónicos, dan la oportunidad al videociudadano de convertirse (aunque sea transitoriamente) en un ciudadano verdadero.

Sin embargo, los debates tienen una influencia casi siempre marginal en los resultados electorales. Pareciera que las calificaciones logradas en un debate no se contabilizan del todo en la formación de las preferencias reales de los votantes. Puede ser el efecto del voto útil, o quizá, que las ideologías y simpatías son refractarias al razonamiento. Esto impediría a la democracia ventilar racionalmente argumentos y propuestas, mejorar su calidad y reclutar a los mejores cuadros. Si alguien torvo, tramposo, vulgar, mendaz, y/o mentiroso se exhibe en un debate y de todas maneras logra una votación considerable o incluso gana la elección significa que hay un corto circuito en la racionalidad democrática pública o bien que el mercado electoral está distorsionado y tiene fallas ostensibles. O que la metodología y el formato del propio debate son deficientes. O las tres cosas.

Para cubrir esas deficiencias es preciso introducir nuevas reglas al debate electoral. Primero, definir una agenda clara de temas que serán abordados, preferentemente a partir de preguntas específicas. Debe estar compuesta de temas torales para la vida nacional (o estatal) como seguridad, corrupción, política exterior, política fiscal, medio ambiente, desarrollo urbano, territorio, energía, pobreza, grandes proyectos de infraestructura, educación, servicios públicos, pensiones, seguridad social, etcétera. Segundo, seleccionar un moderador muy bien informado y con personalidad fuerte y asertiva. Tercero, el moderador debe ser capaz de imponer las reglas del debate a los candidatos y de conducirlos por los cauces pactados. Cuarto, establecer reglas que penalicen el acartonamiento y premien la interacción y el debate genuinos. Quinto, dar al moderador el mandato de cuestionar e interpelar a los candidatos, de forzarlos a centrarse en el tema correspondiente, de exhibir contradicciones, falsedades o vaguedades y de confrontarlos para que respondan expresamente las preguntas formuladas por él o por otros contendientes.

Sólo así podrá lograrse la pedagogía pública requerida para elevar la calidad del mercado electoral y de nuestra democracia, además de fincar los incentivos para que los partidos recluten a candidatos preparados y competentes. Y tal vez, también, para que el debate, como ágora moderna, verdaderamente ofrezca a los ciudadanos información objetiva para formar sus decisiones, entonces, adquiera verdadera relevancia para los resultados electorales. Para que el ciudadano se reconstruya a partir del videociudadano.