Este martes a las 9 de la noche se concretará en Mérida el tercer y último debate presidencial de los comicios 2018, una oportunidad para seguir contrastando ofertas políticas cara a cara que apuesta por el voto informado. La cultura del debate ha cobrado fuerza innegable este año, se arraiga igual en espacios noticiosos donde voceras y voceros de campaña discuten habitualmente sus diferencias y propuestas, en foros universitarios donde se cuestiona a candidatos o en ejercicios organizados por autoridades electorales que propician interacción directa entre ellos con una vitrina de difusión masiva que trata de acercar respuestas a electores atentos, quienes han tirado pronósticos de lejanía o desinterés en las elecciones cuando se trata de sintonizar más de dos horas de deliberación de quienes aspiran a gobernarlos.

Se ha logrado dar pasos considerables en la ruta de formatos más flexibles y es deseable seguir en esa ruta sin retroceder, apuntalar condiciones más favorables para las audiencias en lugar de volver a candados que hace algunos años priorizaban la sobreprotección de la imagen, de los discursos secuenciados o memorizados, impermeables a preguntas que pudieran incomodar a candidatos pese a su valor fundamental como instrumento para que aclaren una postura ambigua, una idea suelta de los planteamientos que decidan hacer.

Entre el 31 de mayo y el 5 de junio el INE convocó a la ciudadanía para que formulara cuestionamientos específicos sobre los temas a debatir, dirigidos a los cuatro candidatos que siguen hoy en la carrera presidencial. Se hizo a través de una inédita conversación en redes sociales que recabó 11,388 preguntas (10,626 de twitter y 762 de Facebook) relacionadas con la agenda que mañana se pondrá sobre la mesa en el Gran Museo del Mundo Maya (la sede de este último debate), la cual gira en torno a economía y desarrollo, con acentos en crecimiento económico, educación, ciencia y tecnología, salud, desigualdad, pobreza y cambio climático.

Es la primera vez que todos los candidatos asisten a tres encuentros con alcance masivo en un mismo proceso electoral. Mañana, este intercambio público marcará también la recta final de la elección que está a dos domingos de celebrarse.

Las campañas tendrán un ejercicio adicional de contraste cara a cara que en México se inauguró en 1994 y a 24 años de distancia comienza a contagiar no sólo discusión equitativa entre candidaturas presidenciales, también la de cargos locales y federales que antes no acudían a los debates directos, sólo a la difusión de propaganda por separado.

Han sido laboratorios de redes sociales de dos universidades los responsables de ordenar y sistematizar el comportamiento de la discusión que arrojó la convocatoria a realizar preguntas que van a tomarse en cuenta en este último debate: El Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Occidente y la Universidad Veracruzana elaboraron reportes que servirán de base para que la moderadora y los moderadores (Gabriela Warkentin, Carlos Puig y Leonardo Curzio) puedan elegir 15 planteamientos concretos que reflejen esas inquietudes comunes que se expresaron en el ciberespacio, podrán elegir cuestionamientos, fotos, videos o texto. Que marcarán la pauta, el rumbo que adopte la discusión en el debate cuando arranque cada segmento.

Los debates son un foro de contraste para nutrir de insumos la decisión libre que se toma en las urnas, están lejos de ser un ring o escenario deportivo, donde ganan y pierden los contendientes con parámetro único. En un entorno plural eso no es posible ni el objetivo central. La calidad del contenido, las propuestas, la nitidez de posturas, los silencios o las respuestas ofrecerán mayor o menor información respecto a lo que representa cada candidato y si eso confirma respaldos ciudadanos o los modifica, la única certeza es que habrá ganado el voto informado, el contexto de exigencia que debe normalizar estos ejercicios en cualquier democracia.

*El autor es consejero electoral del INE.

Marco AntonioBaños

Consejero del Instituto Nacional Electoral

Columna invitada